Fuente: Redes sociales (video en nuestras redes)
Si hay algo que define el espíritu navideño gallego es, sin duda, la sana rivalidad lumínica. Mientras Vigo se esmera en hacer visible su puerto desde el espacio exterior con bombillas, A Coruña ha decidido este año innovar. ¿Cómo? Apagando. O, al menos, jugando al escondite con la luz. La ciudad herculina logra un protagonismo estelar en la Navidad, no por competir en wattios, sino por abrazar un concepto revolucionario: el minimalismo oscuro. O lo que es lo mismo, el mercadillo navideño en penumbra.
Todo comenzó con una apuesta municipal valiente, innovadora y, según fuentes cercanas al sentido común, completamente inesperada. Hasta para la alcaldesa, Inés Rey, fue una sorpresa. De esas que se reciben con un «¿esto es lo que había en el contrato?» y un silencio incómodo. El pop-up navideño en la plaza de María Pita se instaló con el ímpetu de última hora y la estética de un plató abandonado después de rodar una película de terror. El concepto temático parece ser «estación intermodal a las 3 de la madrugada», algo que, hay que reconocer, se sale de los tópicos del muérdago y el champán.
La regidora declaró, con la cara de quien descubre que el agua moja, que la instalación «aún seguía en fase de instalación». Una afirmación técnicamente impecable si habláramos de la Navidad de 2026, pero un tanto peregrina para un evento que debería estar vendiendo mazapanes ya. Esto nos lleva a un misterio contractual digno de «El Código Da Vinci»: al parecer, los contratos tienen partes técnicas y administrativas donde se detallan cosas aburridísimas como «número de luces» o «fecha de finalización». Quién lo iba a decir. La alcaldesa se ha comprometido a revisarlo, o a considerar si le conviene revisarlo, que no es lo mismo.
Pero hablemos del alma de la Navidad: el comercio. Los artesanos locales, esos seres mágicos que trabajan el barro y la lana, recibieron con júbilo (irá) la tarifa para participar en este innovador mercado: 3.000 euros como precio de partida. Una ganga, si lo comparamos con el margen de negocio que tiene un kebab o una pota de aluminio, productos que, como todo el mundo sabe, rezuman espíritu navideño. El mensaje es claro: si quieres vender una jarra hecha a mano, prepárate para competir con el kebab de la esquina, el auténtico manjar de los Reyes Magos (sobre todo si vienen de Oriente… Próximo).
Para valorar en su justa medida esta obra, les recomendamos una visita en horario diurno. A ser posible, a las 12 de la mañana. Así se evitan accidentes por tropiezos y, de paso, pueden ver las casetas. Dicen que la mejor crítica es la constructiva, y la de los vigueses lo ha sido: el alcalde Caballero, según nuestras fuentes (el tendero de la esquina), envió un concejal a tomar notas. No para copiar, ¡Dios nos libre!, sino para anotar en una lista titulada «Cosas Que No Hacer NUNCA». Un gesto de cooperación intermunicipal que nos enternece.
Ante las críticas, la alcaldesa ha tenido palabras duras para los haters anónimos. Aunque, en el fondo, se les nota que añoran a una crítica de pro, la legendaria @pelimerchi, desaparecida en combate digital. Ella sí que sabía valorar con arte y precisión. Sin ella, el panorama crítico está huérfano.
En definitiva, A Coruña no ha querido reconocer el valor visionario de su creación: un sitio donde buscas cerámica y te llevas una sartén antiadherente, donde anhelas turrón y acabas con un dürüm extra de salsa picante. Eso no es un error, es vanguardia. Es el futuro. Quizás para el 2026 logren instalar alguna bombilla. O quizás no, y se consolide el primer Mercado Navideño Noctámbulo. Todo sea por no seguir la corriente. Aunque sea la de la luz.

