17/04/2026

Facultad de Medicina en A Coruña (1ª parte)

Aspiración legítima, pero factura pendiente

Hay ideas que reaparecen en la vida pública con la constancia de las mareas: suben, bajan, se retiran y regresan, siempre con el mismo rumor de inevitabilidad. La descentralización del grado de Medicina en Galicia pertenece a esa categoría de anhelos cíclicos: cada cierto tiempo renace, revestida de promesas solemnes y apelaciones al progreso.

Pero como ocurre con tantas empresas nobles, entre declarar la intención y ejecutarla media esa distancia incómoda donde habita la realidad. O, dicho de manera más castiza, una cosa es predicar y otra muy distinta es dar trigo.

En A Coruña —ciudad industriosa, moderna en sus aspiraciones y con un hospital que figura entre los mejores de España— la demanda de abrir Medicina no es un capricho. Es una aspiración comprensible, incluso justa, para una urbe que ha ido quedando atrás en el mapa universitario gallego.

El sueño tiene argumentos poderosos: reforzar el atractivo académico, impulsar la investigación biomédica, retener talento joven y, de paso, corregir un déficit sanitario que amenaza a toda la comunidad. Hasta aquí, la música es impecable.

Pero es al mirar la letra donde surgen los matices. Y conviene hacerlo con serenidad, porque en estas cuestiones la cortesía del análisis no está reñida con la claridad del diagnóstico.

El deseo: legítimo, razonable y socialmente compartido

Pocas titulaciones despiertan tanto consenso como Medicina. No es solo prestigio: es también la herramienta más sólida para mejorar la salud pública y, de paso, la estructura científica del país. Galicia, además, vive una paradoja inquietante: necesita más médicos y, sin embargo, forma menos de los que sería razonable para su pirámide demográfica.

Multiplicar la formación no es un capricho: es una necesidad. Y hacerlo solo en Santiago resulta ya insuficiente. El Chuac, el Álvaro Cunqueiro y otros hospitales gallegos están sobradamente preparados para convertirse en nodos docentes. Ignorar esa capacidad sería desperdiciar patrimonio sanitario y talento acumulado.

Hasta aquí, todo invita a la expansión.

La factura: esa parte que no figura en los discursos

Abrir Medicina no es inaugurar un aula ni colgar un cartel en la fachada. Es una operación de ingeniería académica, sanitaria y financiera que exige músculo y continuidad.

El gasto inicial —entre laboratorios, áreas anatómicas, edificios, equipamiento y acreditaciones— es comparable al de levantar varias facultades a la vez. Y esto es solo el principio: mantener un claustro de profesorado clínico, con dedicación universitaria real, tiene un coste recurrente muy superior al de cualquier otra titulación. La inversión, para que sea honesta, debe ser plurianual y blindada. Sin ella, la institución corre el riesgo de convertirse en un equilibrista con los bolsillos vacíos.

Aquí topamos con la primera verdad incómoda: ninguna universidad pública gallega puede pagar Medicina con su presupuesto ordinario sin desangrar al resto de las titulaciones. Ni la UDC, ni la UVigo, ni siquiera la propia USC podrían sostener la carga sin una financiación autonómica específica.

Y este punto —el de la sostenibilidad— no es accesorio. Abrir Medicina sacrificando humanidades, ciencias o escuelas técnicas sería una victoria pírrica. Lo difícil no es implantar Medicina: lo difícil es hacerlo sin hipotecar la casa entera.

La tercera pata del trípode: el profesorado

Hay un aspecto que rara vez se explica, quizá porque interpela a estructuras internas que no suelen exponerse al escrutinio público: la calidad del claustro.

En los últimos años, la Facultad de Medicina de la USC ha recibido críticas —algunas justificadas, otras interesadas— por su endogamia, su lenta renovación generacional y cierta resistencia al cambio. No es una anomalía compostelana: es una enfermedad antigua de muchas facultades históricas. Pero precisamente por eso, si se plantea una descentralización, es obligatorio aprender de esa experiencia para evitar reproducir sus defectos.

Abrir Medicina en A Coruña sin garantizar:

  • Un profesorado seleccionado por mérito,
  • Procedimientos públicos, transparentes y exigentes,
  • Movilidad académica real,
  • Captación internacional,
  • y mecanismos que impidan el cierre corporativo,

sería repetir los mismos vicios bajo un rótulo distinto. No se trata de crear otra facultad; se trata de crear una mejor.

Para eso hace falta ambición, pero también rigor. Porque de nada sirve levantar un edificio luminoso si dentro se instala el mismo aire viciado que se pretendía superar.

El equilibrio posible

La cuestión, pues, no es si Galicia debe descentralizar Medicina. La cuestión es cómo hacerlo sin que la operación se convierta en un despliegue retórico sin contenido o, peor aún, en un gesto de prestigio que acabe devorando presupuestos, facultades y expectativas.

El camino existe, pero exige condiciones claras:

  1. Financiación autonómica finalista y plurianual, ajena al ciclo político.
  2. Un plan sanitario-universitario integrado, que determine cuántos médicos se necesitan y dónde pueden formarse sin saturar hospitales.
  3. Un modelo multicampus o cooperativo, con una sola facultad, varios nodos clínicos y estándares comunes.
  4. Un claustro nuevo, abierto y competitivo, no una reproducción ampliada de viejas inercias.
  5. Evaluación externa independiente, que asegure calidad desde el primer día.

Solo así la descentralización dejará de ser una aspiración romántica para convertirse en una reforma seria.

Conclusión: prestigio sí, pero sin alucinaciones de grandeza

Galicia necesita mejorar su capacidad formativa en Medicina. Y A Coruña tiene, sin duda, el derecho y las condiciones para aspirar a ello. Pero las universidades, como los países, no se transforman a golpe de titulares: requieren visión, recursos y, sobre todo, un respeto escrupuloso por la calidad. Abrir Medicina sin cumplir esas exigencias no sería un acto modernizador, sino un ejercicio de voluntarismo peligroso.

Porque el prestigio —el genuino, el que dura— nunca sale gratis. Y si uno quiere recoger trigo, tiene que estar dispuesto a sembrarlo primero.

Roberto García de Villaescusa Collazo es Doctor en Medicina y Cirugía

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