30/04/2026

El sueño roto: cómo Inés Rey condenó a A Coruña a perder el Mundial 2030

Una cumbre de urgencia con el presidente del Deportivo convocado a última hora

Lo que debía ser una cumbre histórica para desbloquear el futuro del deporte coruñés se convirtió ayer en el más absoluto de los fracasos. La alcaldesa Inés Rey citó al presidente del Real Club Deportivo, Escotet,, a una reunión que se presumía decisiva. Las malas lenguas aseguran que el máximo mandatario deportivista recibió la llamada cuando el proyecto del Mundial agonizaba, como quien es convocado para firmar una sentencia más que para negociar una solución.

El resultado: ni acuerdo, ni avances, ni siquiera la foto de rigor que suele escenificar el entendimiento institucional. Una imagen que vale más que mil palabras y que, en este caso, grita bien alto que A Coruña se queda sin Mundial. Escotet, se encontró con una alcaldesa desbordada que buscaba desesperadamente un salvavidas al que agarrarse.

Mentiras y promesas incumplidas: el inversor fantasma

Corría 2024 cuando Inés Rey comparecía ante los medios con el pecho henchido y la sonrisa de quien cree haber logrado la cuadratura del círculo. A Coruña sería sede del Mundial 2030, anunciaba, y muy pronto revelaría el nombre del inversor privado que pondría de 30 millones de los más de 100 millones necesarios para adecuar Riazor y su entorno a las exigencias de la FIFA. Han pasado más de 365 días y ese inversor sigue siendo un fantasma, una entelequia, un espejismo en el desierto de promesas de esta regidora.

Pero la cosa no quedó ahí. Cuando las primeras dudas comenzaron a nublar el horizonte, en enero de 2025, la alcaldesa volvió a comparecer para lanzar un mensaje de tranquilidad a la ciudadanía: la candidatura de A Coruña no peligra «en absoluto», sentenció a un medio de tirada nacional. Hoy, esas palabras suenan a epitafio de una mentira que los coruñeses pagaremos muy cara.

Un presidente utilizado como parapeto

Lo más indignante del caso es el papel al que se ha querido someter al máximo representante del Deportivo. Escotet, fue citado a última hora, casi como quien convoca al bedel para comunicarle que su puesto peligra. No hubo tiempo para preparar propuestas, ni para estudiar alternativas, ni para sentar las bases de una colaboración real.

El club, que debería ser parte activa de este proyecto, ha sido tratado como un convidado de piedra. Primero, porque nadie contó con ellos para diseñar la candidatura; después, porque se les prometió un inversor que nunca llegó; y finalmente, porque se les convoca a una reunión cuando ya todo está perdido para que, presuntamente, terminen asumiendo una parte del coste del desaguisado o, peor aún, para que sean ellos quienes aparezcan en la foto del fracaso.

Ausencia de instituciones y un proyecto que no existe

Si grave es mentir a los ciudadanos, casi tanto lo es la inoperancia mostrada con las administraciones que deberían remar en la misma dirección. Diputación y Xunta de Galicia, instituciones llamadas a ser parte activa del proyecto, brillan por su ausencia. Las negociaciones o no existen o, de existir, navegan en el más absoluto de los fracasos. El famoso «todos a una» que requiere un evento de esta magnitud se ha convertido en un «sálvese quien pueda» donde la única visible es una alcaldesa que prometió lo que no podía cumplir.

Y mientras el reloj avanza implacable, el próximo miércoles 18 la FIFA visitará nuestra ciudad. Lo hará para comprobar in situ el estado de una candidatura que, a estas alturas, debería tener todos los deberes hechos. La realidad es tozuda: ni hay proyecto definitivo, ni financiación asegurada, ni plazos cumplidos. La RFEF ya ha lanzado sus dardos: A Coruña no cumplió con lo que debía tener hecho.

El agujero económico que lo entierra todo

Como si la tormenta perfecta necesitara un último frente, las finanzas municipales amenazan con dar la puntilla definitiva al sueño mundialista. Fuentes solventes confirman que el Ayuntamiento de A Coruña cerró el ejercicio 2025 con un preocupante déficit. Esto no es un simple dato contable; es la puerta abierta a ajustes presupuestarios draconianos, a un nuevo plan de viabilidad vigilado con lupa por la Xunta y, lo que es más grave, a un control férreo sobre la capacidad de endeudamiento municipal.

Difícilmente podrá el Consistorio seguir acumulando deuda para un Mundial cuando las cuentas no cuadran ni para mantener los servicios básicos. La losa económica aplasta cualquier posibilidad de financiación adicional.

Los plazos imposibles de Manuel Murguía

Para rematar, la parte técnica entierra cualquier esperanza. El proyecto del subterráneo en la calle Manuel Murguía, una obra necesaria y vertebral para integrar el estadio en la ciudad, ni siquiera ha comenzado a redactarse. Los plazos de ejecución, de por sí ajustados, se antojan ya imposibles. Y eso sin contar con que esta vía, pegada a Riazor, contiene una acometida de tal envergadura que cualquier retraso mínimo comprometería la finalización de las obras antes del evento.

El penoso final

La reunión de ayer, la que acabó sin la famosa foto, tenía solo dos posibles objetivos. El primero, absolutamente inviable: pedir a Escotet, también presidente de ABANCA, que la entidad financiera asumiera en solitario una inversión que supera los 100 millones de euros. El segundo, mucho más miserable y torticero: utilizar al máximo representante del Deportivo para escenificar una renuncia pactada, una salida digna de cartón piedra antes de que la FIFA venga a certificar lo que todo el mundo sabe.

Que no hubiera foto lo dice todo. Porque si Esccotet hubiera accedido a rascar el bolsillo de ABANCA, la imagen habría sido de triunfo para la alcaldesa. Si hubieran acordado una retirada elegante, también habría existido esa foto para venderla como una decisión estratégica consensuada. Pero no hubo nada. Solo el vacío. Solo el silencio. Solo la constatación de que A Coruña, por culpa de la incompetencia, las mentiras y la falta de visión de Inés Rey, dice adiós al Mundial 2030.

La ciudad que un día soñó con el desembarco del fútbol mundial despierta ahora a la cruda realidad: nos quedamos sin el evento, sin la inversión, sin las infraestructuras y, lo más doloroso, sin la credibilidad. Y todo por una promesa que nunca fue tal.

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