En el salón de plenos de Cambre, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y si no, que se lo pregunten a los anales de la historia, que tras la sesión de marzo han tenido que ampliar su catálogo con una nueva categoría: la de los momentos que ni Ironías S.A. se atrevería a facturar.
El gobierno local, en un alarde de vanguardismo político, decidió llevar al orden del día un asunto de lo más sugerente: el pago de facturas de las actuaciones de la Rede Cultural. Nada menos. Porque, ¿quién no ha soñado con debatir hasta el agotamiento sobre facturas de eventos culturales mientras el reloj marca la hora del café? Pero lo realmente innovador no era el contenido, sino el envoltorio.
Verán. Resulta que este punto, que olía mal desde la entrada —con informes negativos colgando como letreros de “se aceptan pulgas”—, se convirtió en una suerte de juego de la silla musical. El gobierno local lo propuso, lo defendió con la pasión de quien explica una receta de gazpacho en un mitin, y luego… ¡zas! Ni ellos mismos lo votaron a favor. Se abstuvieron. Literalmente.
Para los no iniciados en la alta política cambresa, esto es como si un camarero te trae un plato, te dice que está delicioso, pero cuando vas a probarlo aparta la cuchara y susurra: «Mejor no, que igual nos denuncian».
Todo apunta a que la jugada era maestra: que algún incauto de la oposición tragara el anzuelo y votara a favor, cargando así con el mochuelo de los informes negativos y el riesgo de ser denunciados. Una especie de «pásame la patata caliente, pero con facturas y subvenciones de por medio». Cualquier otra interpretación exigiría un máster en ciencias ocultas o un nivel de fe digno de Lourdes o Fatima.
Lo más delirante del asunto llegó cuando se supo que, si los informes fueron posteriores a la convocatoria del pleno, el propio gobierno podía haber retirado el punto. ¡Qué concepto más revolucionario! Retirar un asunto que tú mismo has colocado en el orden del día para no llegar a una situación esperpéntica. Pero claro, eso no tendría gracia. No habría espectáculo.
Porque en Cambre, al parecer, los plenos ya no son para gobernar, sino para ofrecer funciones de teatro absurdo con cargo a la concejalía de Humor Involuntario. La cuestión ahora, mientras la Diputación afila el cuchillo de la subvención perdida, es dilucidar si lo vivido fue una estrategia innovadora o, sencillamente, un ejercicio de ridículo con patas.
Como dijo aquel: las actuaciones suelen ser la evidencia de las realidades, igual que los síntomas lo son de las enfermedades. Y visto lo visto, en Cambre el paciente no está convaleciente: está directamente haciendo el pino en la camilla mientras canta la canción del verano.
Queda para los anales. La cuestión es si esos anales estarán en la sección de «Buen Gobierno» o en la de «Teatro de lo Absurdo, tomo III».

