Tercera manifestación en plenas vacaciones mientras el gobierno municipal vuelve a usar la misma excusa técnica que en las Casas de Franco: «el cableado no pasaba sin muro». Los vecinos del barrio obrero recuerdan a la alcaldesa que oír no es lo mismo que escuchar, y que el único muro que sobra es el de la sordera institucional
El conflicto de una pequeña calle del barrio de Labañou, las obras que se realizan en la calle Tomás Fábregas, son capaces de convocar vecinos para manifestarse, incluso en pleno mes de agosto. Algo tendrá el agua de la ensenada, o el asfalto de esa zona, que ni el calor ni las vacaciones logran disipar las ganas de protestar. Mientras la mayoría de los políticos toman distancia y desconectan, los vecinos de Labañou se echan a la calle por tercera vez. Y van, que agosto es largo y las excusas técnicas, al parecer, también.
Porque lo de las excusas técnicas ya empieza a tener tela. Los memoriosos recordarán aquellas obras en las Casas de Franco, donde se llegó a afirmar, con una seriedad que solo la burocracia puede proporcionar, que la única manera de pasar un cableado era levantando un muro. El argumento era tan sólido como el parking que, supuestamente, lo impedía. Al final, para sorpresa de nadie que no estuviera en la reunión, el cableado pasó y el muro no se hizo. Pero el aprendizaje, visto lo visto, no ha calado. Ahora en Labañou parece repetirse el patrón: el muro vuelve a ser la solución técnica por excelencia, esa especie de comodín urbanístico que el gobierno de Inés Rey utiliza con la misma soltura que otros usan los argumentarios.
Pero vayamos por partes, que el asunto tiene miga. Por un lado, está la batalla del aparcamiento. Hablamos de un barrio nacido en los años 50, de marcado carácter obrero, donde las casas se construyeron sin garaje y, adivinen, siguen sin tenerlo. Reducir plazas de estacionamiento en una zona así no es una medida menor, es casi una declaración de intenciones. Es el clásico problema que Inés Rey desterró, o mejor dicho, decidió ignorar, que no es lo mismo. Ignorar es más cómodo, no requiere soluciones. Como ocurre ya en otras zonas de A Coruña, el coche se convierte en un enemigo público, pero nadie explica cómo se va a mover el obrero que vuelve de noche o la familia que necesita el coche para todo. Pero bueno, eso son detalles menores para quienes viven en el centro o tienen su plaza en un subterráneo de esos que no se ven.
Sin embargo, el verdadero corazón del asunto, el leitmotiv de esta obra, es otra vez el muro. El gobierno que lidera Inés Rey parece empeñado en crear muros en todas las reformas de barrios, y más si son barrios humildes. Primero fue en las Casas de Franco, donde la credibilidad quedó hecha añicos. Ahora en Labañou, la disculpa técnica vuelve a ser la estrella invitada. Todos sabemos que los muros sirven para separar, para delimitar, para poner límites. Pero también, y esto es lo que menos gusta, separan personas, las alejan, las colocan en un lado y en otro. ¿Qué manía tiene Inés Rey con los muros? Es la pregunta que muchos se hacen en voz baja, y algunos ya en voz alta.
Porque estamos hablando de obras en uno de los barrios más humildes y, también, de los más abandonados de la ciudad. Ese empeño en gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo, se está convirtiendo en una seña de identidad. Ayer fue la tercera manifestación de los vecinos de Labañou. Es muy probable que estos vecinos, que residen en el barrio, se manifiesten más veces de las que Inés Rey ha realizado visitas oficiales al barrio. Y conste que no contamos las de incógnito, que esas, como los muros, parecen ser también una invención técnica.
Recordemos la historia de Labañou, que no está de más. Nació como una zona de marcado carácter obrero y humilde junto a la ensenada. Evolucionó desde un entorno periférico y semi rural hasta integrarse plenamente en la trama urbana actual. Su gran impulso llegó el 4 de abril de 1953 con la inauguración de las viviendas de Nuestra Señora do Perpetuo Socorro, las famosas casas protegidas. Un barrio castigado por la falta de servicios iniciales, lo que forjó una identidad y un movimiento vecinal que, como vemos, sigue más vivo que nunca. Sus crónicas hablan de rivalidades callejeras con zonas vecinas como las propias Casas de Franco, eran la rivalidad Korea-Katanga. Enfrentados antaño, ahora parecen unidos por un destino paralelo: ser el campo de pruebas de políticas de muros y olvidos.
Ahora le toca a Inés Rey demostrar que sabe escuchar y oír. Debemos recordar que no es lo mismo. Escuchar es un acto pasivo, oír implica atender, procesar y, quizás, actuar. Y que los muros no suelen gustarle a la gente, casi siempre unos acaban en el lado malo. Que se acuerde de que los cables pudieron pasar sin levantar muros en las Casas de Franco. Labañou no es un problema técnico, es un problema de credibilidad. Y los muros, como las excusas, solo sirven para que los vecinos sigan manifestándose, incluso en agosto, mientras el gobierno mira hacia otro lado, probablemente buscando otro muro donde esconderse.

