29/08/2026

El «marxismo» de Inés Rey: cesa una comisión y estrena otra para que el PEPRI por fin diga «sí»

La alcaldesa cambió hace días toda la comisión del PEPRI sin explicación. Hoy se reúne la nueva y el orden del día desvela la verdad: el informe desfavorable de la anterior ya tiene relevo a medida

Hay momentos en la política local en los que uno necesita un manual de instrucciones para seguir el argumento. Y otros, como el de ahora, en los que basta con tener un poco de mala leche y mucha memoria. Porque si hace unos días, cuando la alcaldesa Inés Rey fulminó de un plumazo a la comisión del PEPRI y la renovó por completo, muchos ciudadanos se quedaron con la ceja arqueada y la pregunta en el aire: «¿Pero esto por qué?», hoy, al ver el orden del día de la nueva reunión, la respuesta cae por su propio peso como una losa de granito coruñés.

Ahora se entiende todo. Ahora encaja como un guante de cuero ese cambio rotundo que entonces pareció un exabrupto, un capricho de poder o un simple ejercicio de musculatura política. No, no era eso. Era, sencillamente, la preparación del terreno. La previa necesaria. El cambio de fichas en el tablero antes de que la partida se pusiera fea.

Porque la nueva comisión, esa que se estrena hoy con la «lágrima de San Roque» como tema destacado en el orden del día, no ha sido designada por casualidad. Ha sido diseñada a medida, como un traje de sastre, para que el informe que salga de ahí sea el que la alcaldesa quiere oír, y no el que la anterior comisión—esa que cometió la osadía de informar desfavorablemente y por unanimidad—se atrevió a entregar.

Y aquí es donde el término «marxista» adquiere su verdadera dimensión escénica. Porque no hablamos de Carlos Marx ni de su lucha de clases, sino de Groucho Marx y su lucha de intereses. Aquel genio del humor decía aquello de «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». Pero la alcaldesa, en un alarde de creatividad política, ha llevado la frase un paso más allá: «Estos son mis comisionados; si no me informan bien, tengo otros».

El cambio rotundo de hace unos días deja de ser un misterio y se convierte en una confesión implícita. No se trataba de rejuvenecer el órgano, ni de dar entrada a nuevas voces, ni de oxigenar la participación ciudadana. Se trataba de algo mucho más prosaico: de asegurarse de que la próxima vez que se sienten a deliberar sobre los planes estratégicos de la ciudad, no haya ni un solo profesor de prestigio de la Universidad, ni un concejal díscolo, ni un técnico con exceso de principios que se atreva a decir «no» a la máxima mandataria.

Porque, no lo olvidemos, en aquella comisión cesada estaban nada menos que su propio concejal de urbanismo—sí, el de su propio partido—y un profesor de arquitectura de reconocido prestigio. Gente que, en teoría, debería ser de fiar. Pero resulta que la fidelidad no se mide en títulos ni en votos, sino en la capacidad de callar cuando toca y de firmar cuando se ordena. Y ellos, pecadores inocentes, firmaron un informe que no gustó. Y punto.

Ahora, con la nueva comisión «pendiente»—pendiente de lo que diga el despacho de la alcaldesa, pendiente de no desentonar, pendiente de hacer lo oportuno—el desenlace es tan previsible como el amanecer. Hoy se reúnen, deliberarán y, salvo sorpresa mayúscula que devolvería la fe en la humanidad, elaborarán un informe completamente contrario al anterior. Donde la anterior veía problemas, esta verá soluciones; donde aquella veía obstáculos legales, esta verá oportunidades estratégicas; donde unos aplicaban criterios técnicos, los otros aplicarán criterios de supervivencia.

Así que ahora, cuando miremos atrás y recordemos aquel cese fulminante de hace unos días, ya no lo veremos como un acto de autoridad gratuito. Lo veremos como lo que fue: una jugada maestra, un movimiento de ajedrez político, un golpe de efecto que solo cobra sentido pleno hoy, cuando la nueva comisión se sienta a hacer exactamente lo contrario que la anterior.

Como diría Groucho, y con perdón de Carlos, el giro es perfecto: «La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un informe desfavorable y luego cambiar la comisión para que el siguiente informe sea favorable». O algo así.

Que la función continúe. Y que la lágrima de San Roque, al menos, tenga la dignidad de no reírse de nosotros.