29/10/2026

Edición realizada con IA

Editorial

Hoy, lo primero y lo único que importa es el dolor. Nuestro pésame, ante todo, a las víctimas: las 68 personas que han perdido la vida en Urda, quienes más han perdido, quienes lo han perdido todo. Y después, a sus familiares y a quienes los quieren, que esta noche cuentan los ausentes. También nuestro ánimo a los cerca de 80 heridos y nuestro reconocimiento a los equipos de emergencias.

Pero estamos en precampaña, y eso cambia el escenario. Un luto así pone a prueba a quienes aspiran a gobernar y a quienes ya gobiernan. Hubo quien estuvo a la altura, y quien no.

Los primeros en estarlo fueron los vecinos de Urda y su entorno. Antes que cualquier comunicado, hubo manos, mantas, agua y compañía. Los vecinos demostraron humanidad ante la oportunidad: sin cámaras, sin siglas y sin cálculo. Ese es el ejemplo que ningún político debería olvidar hoy.

Entre los responsables públicos, Emiliano García-Page mostró por qué lleva tantos años al frente de Castilla-La Mancha. Estuvo en el lugar, dio la cara y atendió a su gente, anteponiendo la responsabilidad a las siglas políticas. Se puede discrepar de su trayectoria, pero hoy ejerció de presidente de todos.

Feijóo supo priorizar el papel institucional. Suspendió actos, dejó claro quiénes son las víctimas y reservó para un futuro muy próximo la exigencia de aclaraciones y responsabilidades. Eso es experiencia de gobierno: se puede respetar el momento y después pedir cuentas, sin confundir una cosa con la otra.

El Gobierno, en cambio, debe algo más que consternación en redes. El ministro de Transportes, máximo responsable del sistema ferroviario, ofreció explicaciones muy escasas para la gravedad de lo ocurrido. El presidente del Gobierno, que debería comparecer cuanto antes, ha respetado el cauce institucional, pero el país espera que dé la cara. Un Ejecutivo que no responde ni explica proyecta debilidad justo cuando más se necesita confianza.

Y Vox ofreció la imagen más triste. Abascal decidió mantener su agenda para que el luto no acallara sus denuncias. En su afán de ser portavoz de los enfadados, quiere ocupar el espacio que no le corresponde: el de las víctimas reales. No supo respetar el luto, ni siquiera antes de que arranque la campaña oficial. Hay quien quiere ser el muerto en el entierro, pero sin morir.

La crítica al Gobierno es legítima y llegará, con datos, con investigación y con responsables. Pero hoy se mide a los políticos por algo más simple: por cómo se comportan cuando España llora. Los vecinos de Urda y Page dieron la medida. Otros, tristemente, se quedaron cortos.