No dicen las “Mil y una noches” si en alguna ocasión Sherezade optó por contarle al Sultán historias aburridas, que lo hiciesen dormir, para poder así descansar al tiempo que dilataba sine die la ejecución de su condena. En todo caso, los espectadores de “El Cautivo” deberían acudir al cine con un chute previo de café, coca-cola, o su estimulante favorito, para mantener la vigilia durante las dos horas de una película que se hace eterna. El infierno en vida de la prisión, del que hablaba el Quijote, ha resultado ser el tedio.
La cinta es tan reiterativa, tan falta de tensión dramática, que cuando llega el momento de las escenas “del escándalo”, en las que Cervantes cede a los avances del Bajá, uno está ya tan aburrido que el tema le interesa más bien nada. Y ni siquiera ese supuesto eje central de la historia consigue interesar a unos espectadores aturdidos por un guion mal resuelto que se empeña en dar vueltas sobre sí mismo.
Amenábar intenta un triple salto mortal y le sale nulo. En un juego de historias dentro de historias, se mezclan las voces del padre Sosa, quien empieza la narración, con la propia visión de Cervantes. Un Cervantes que, para ser aceptado, entretiene a los prisioneros y al Bajá inventando cuentos. Al final, como las historias que Cervantes cuenta, solapan con la propia historia que cuenta la película, el espectador llega a confundir qué peripecia es real y cuál imaginada. Y lo cierto es que por mucho que se insista en la fascinación por las habilidades narrativas del cautivo, la mejor escena es un homenaje al Lazarillo de Tormes, porque Cervantes mezcla sus ideas propias con la lectura de otros autores.
Al fallar el andamiaje de planos narrativos y voces superpuestas, la película se convierte en una sucesión de escenas tipo – prisión, violencia, calles de Argel, intentos de fuga – que se repiten sin hacer avanzar la trama y parecen volver siempre al punto de partida. En ningún momento sentimos el peso agobiante del lento paso de del tiempo en los cinco años de cautiverio. En cuanto al rigor histórico, cabe dudar que Argel fuese el paraíso queer que pinta Amenábar. La imagen de un Cervantes, que vivió en Italia y luchó en Lepanto, fascinado por las riquezas del mercado de la ciudad repiten ese orientalismo displicente que denunció hace décadas Edward Said.
Al margen de topicazos como la maldad dúplice del cura del Santo Oficio, la película desaprovecha algunos temas interesantes. De una parte, el cautiverio como industria, con los prisioneros fuente de ingresos para quienes los retienen, a la espera unos y otros de que llegue el dinero del rescate. También la fluidez de identidades personales en torno a las luchas políticas del Mediterráneo, con personas que cambian de nombre, de bando y de fe con una cierta facilidad, en función de intereses y peripecias.
En las escenas finales de la película, el Cervantes de Amenábar duda. A lo largo del metraje, Amenábar parece haber dudado, sin ser capaz de decidir si quería una producción para los Goya, una película de autor con cierta profundidad o un producto susceptible de ser convertido en serie de sobremesa para una cadena mayoritaria. La justicia dice que, en caso de duda, fallemos a favor del reo, pero es difícil absolver a este Cautivo del delito de leso aburrimiento, imperdonable siempre, y más si va ligado a la figura fascinante de Cervantes y su obra.

