03/10/2026

Cambre y Benalmádena ya tienen algo en común: un chaleco reflectante que no lleva nadie más en España

Imagen editada con IA

Vecinos consultados prefieren identificar a sanitarios, policías y limpieza. A los alcaldes, dicen, se les debería conocer por otras cosas. O por lo menos, por no llevar chaleco.

Un nexo de unión. Uno. Solo uno. Y no es precisamente el turismo, ni la cultura, ni la economía. Es un chaleco.

A más de mil kilómetros de distancia, con casi 80.000 habitantes en un caso y unos cuantos menos en el otro, con playa y puerto en un lado y un embalse y un río en el otro, y con medias de temperatura que harían que cualquier vecino de Cambre se pusiera a llorar en enero, hay algo que une irremediablemente a Benalmádena y al municipio coruñés. No es el flamenco, no es el pulpo, no es el sol. Es un chaleco identificativo que ambos regidores lucen con una naturalidad que roza lo surrealista.

Porque sí, amigos: en pleno 2026, mientras la humanidad debate sobre inteligencia artificial y viajes a Marte, dos ayuntamientos españoles han decidido que la mejor forma de distinguir a un alcalde es ponerle un chaleco reflectante. Como si fueran operarios de obra. Como si fueran repartidores de paquetería. Como si no existiera ya la palabra «alcalde», que de por sí suele venir acompañada de un despacho, un coche oficial y una legión de asesores que se encargan de que nadie se pierda.

Hemos buscado. Y sí, son los únicos.

Porque uno, que es curioso, se ha recorrido los 8.132 ayuntamientos de España. Uno por uno. Con paciencia. Y ha confirmado lo que todos sospechábamos: en ningún otro lugar del país se le ha ocurrido semejante innovación. Ni en Madrid. Ni en Barcelona. Ni en Villanueva de la Serena. Ni siquiera en ese pueblo de Cuenca donde aún se saludan con el sombrero. Son los únicos. Los pioneros. Los visionarios del chaleco institucional.

Cabe preguntarse, entonces, para qué. ¿Para que los reconozcan? ¿Los alcaldes? ¿Las personas que salen en los medios locales cada vez que se inaugura una acera? ¿Es que acaso alguien va por la calle pensando «uy, esa señora con cara de cansada debe de ser la regidora, pero no estoy seguro»? Porque si la respuesta es sí, quizá el problema no sea la falta de chaleco, sino la falta de reconocimiento de una figura que, seamos sinceros, no suele pasar desapercibida en un pueblo de 20.000 habitantes.

Los vecinos, consultados, tienen otras prioridades

Y cuando uno pregunta por la calle, la gente responde lo evidente. Que si hay que identificar a alguien por un chaleco, prefieren que sea al personal sanitario. O a las fuerzas del orden. O, mira tú, al servicio de limpieza, que esos sí que hacen falta y no siempre se les ve. Pero a los alcaldes… a los alcaldes ya se les conoce. O se les debería conocer. Y si no, igual el fallo no está en la prenda, sino en la gestión.

Otros, directamente, han preferido renegar de decir que son de Cambre. No por vergüenza, dicen, sino por no tener que explicar lo del chaleco. Que ya bastante tienen con el embalse.

¿Abrir paso? ¿O abrir debate?

También cabe la posibilidad, siempre generosa, de que la intención sea que les abran paso. Porque nada dice «autoridad municipal» como un chaleco reflectante y una mirada de «apártate, que vengo yo». Aunque, honestamente, si un alcalde necesita un chaleco para que le abran paso, quizá el problema no sea la falta de visibilidad, sino la falta de respeto institucional. O de carisma. O de ambas.

Los comentarios, en su mayoría jocosos, dan para varios guiones de comedia. Algunos piden que el próximo hermanamiento sea con un municipio que reparta cascos. Otros sugieren que, ya puestos, les pongan también una banderita en la espalda, como a los grupos de turistas japoneses. Y los más crueles proponen un tercer hermanamiento con la DGT, a ver si así se les ve mejor en las rotondas.

Un hermanamiento pendiente de oficializar (o de explicar)

Porque eso es lo más bonito de todo: el hermanamiento todavía está pendiente de oficializar. Es decir, que todo este despliegue de chalecos, fotos y sonrisas institucionales se ha producido antes de que el noviazgo sea formal. Como si en la primera cita ya te presentas con el pijama y las zapatillas. Un gesto de confianza, sin duda. De confianza excesiva, quizá.

Mientras tanto, Cambre y Benalmádena seguirán mirándose a los ojos a través de mil kilómetros de distancia, unidos por un nexo que nadie pidió y que nadie olvidará. Porque hay uniones que se sellan con tratados, otras con fuegos artificiales y otras, simplemente, con un chaleco. Y si te tienen que conocer por el chaleco, mal vamos. Pero oye, algo es algo.