Vivimos un nuevo frenesí de innecesaria modernización de los clásicos. Amenábar, gran cineasta, nos propone un Cervantes gay del que no existe sostén histórico alguno. Pensar que salió bien parado de su cautiverio en Argel porque tenía una relación con uno de sus captores no tiene más verosimilitud que presuponer que montó una red de trapicheo de bienes o prebendas dentro de la prisión, que delataba a sus compañeros a escondidas o que, a modo de Sherezade, fue su capacidad para contar historias la que le puso al pairo de los castigos. En todo caso, como bien recuerda Muñoz Molina en “El verano de Cervantes”, para el escritor la experiencia fue traumática, y el recuerdo de la cárcel le acompañó el resto de su vida como una visión del infierno en la tierra.
A las pantallas llegará también en breve una adaptación de “Cumbres Borrascosas” que presume de la intensidad erótica de su propuesta, como si la prosa de las Brontë ganase algo pasándola de la página de papel al filtro de las páginas de OnlyFans. Parece que ahora el referente para disfrutar de las novelas de Jane Austen pasa por verse antes un par de temporadas de los Bridgerton, para remodelar la Inglaterra real en una de opereta, y tapar con una sombrilla multicolor las reflexiones sobre las clases, el dinero, la propiedad, la familia y el feminismo de “Orgullo y Prejuicio” o “Sentido y Sensibilidad”.
Los creadores actuales, y los programadores culturales empeñados en revitalizar a autores del pasado, harían bien en leer a Italo Calvino, que en su obra “Por qué leer a los clásicos”, nos recuerda que debemos hacerlo simplemente por su capacidad para renovarse a sí mismos; para proponernos reflexiones nuevas en cada lectura. Uno puede ambientar el Ricardo III de Shakespeare en la época nazi, en el saqueo de Roma, o en las peleas recientes de los oligarcas rusos, pero eso es secundario. Apenas la impostura de directores de escena que, incapaces de escribir algo propio medianamente interesante, intentan hacerse grandes parasitando a un autor. Lo importante es releer un texto que reflexiona como casi nadie lo ha hecho sobre la perversión del poder absoluto; lo que hacemos para lograrlo y lo que hacemos una vez lo hemos alcanzado.
Hace días, en Coruña, se vivió un momento similar: una ópera estrenada en 1875 con un montaje supuestamente rompedor de 1999. Pretender que un bailarín desnudo en Carmen moderniza o provoca en 2025 es de una ingenuidad tan infantil que casi inspira ternura. La yuxtaposición de legionarios, zafiedades de trazo grueso y gestualidad del Bardem de “Jamón, Jamón”, hacen más rancia la propuesta y llevan a plantearse si tiene sentido pagar 100 euros por un montaje que es, en realidad una suerte de reestreno desfasado. La repetición de unos clichés congelados, tan poco actuales como el libreto de Carmen, pero ridículos, porque ya no la representan, ni a ella entonces, ni a nosotros hoy, aquí y ahora. Cuando repasamos el álbum familiar, las fotos propias de hace 30 años siempre nos hacen sentir más ridículos que las de nuestros antepasados en 1900.
Por supuesto, siempre hay gente que tiene tanto o más empeño en defender a los “calixtos” (sería mejor qué listos) de turno que a los propios Cervantes, Shakespeare o Bizet. Pero tengo la impresión que si le diesen a elegir, Carmen preferiría ser un personaje clásico en lugar de una chica Almodóvar. Y que el pasado fin de semana, en la Ópera, los que de verdad disfrutaron fueron los chavales del Coro Cantábile. Listos, divertidos y dirigidos por un Pablo Carballido que consigue el más difícil todavía, que canten en un entorno profesional sin dejar de ser niños. Eso sí que es moderno y, por suerte para Coruña, ya va camino de convertirse en clásico.

