Cuando en el año 92, James Carville, estratega de campaña de Bill Clinton, acuñó el eslogan “the economy, stupid”, lo hizo como parte de un conjunto de líneas de trabajo que quería llevar a los demócratas a luchar contra George Bush padre acercando el debate político a las necesidades reales de la gente. Ofrecer perspectivas de cambio, preocuparse por el sistema de salud, y atender a la situación de las economías familiares, era la receta de Carville. Una receta que resultó entonces ganadora.
Desde entonces, la frase “es la economía, estúpidos”, se ha citado hasta la saciedad, pero con un giro de sentido de 180 grados. Acuñada para un gobierno demócrata y reformador, con el paso del tiempo parece haberse convertido en un eslogan para la inacción. Con el resurgir de las nuevas derechas y los excesos del mercado global, la expresión invita a los ciudadanos a considerar las grandes cifras del análisis económico – evolución del PIB, tasa de paro, creación del pleno – como termómetros que miden también el progreso o el bienestar de la sociedad en su conjunto.
Por desgracia, ya no es la economía, o quizá la economía ya no es lo que era. En las últimas semanas se han multiplicado los análisis triunfalistas acerca del desarrollo económico de la comarca coruñesa. Creación de empleo, generación de riqueza, grandes empresas en expansión…Todos ellos ofrecían datos, análisis y proyecciones, pero ninguno parece preocuparse por el modo real en que esa bonanza económica se traslada a la sociedad.
Por ejemplo, ¿podemos considerar riguroso un análisis económico que no tiene en cuenta el envejecimiento de la población? En 1991, el área metropolitana de A Coruña tenía unos 45.000 habitantes de más de 65 años, el equivalente al 13,4% de la población. Hoy esa cifra ha subido a 98.600, el 23,8%. En su conjunto, más del 26% de la población de la provincia supera los 65 años.
Si tenemos en cuenta las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, una correcta atención a la dependencia requiere un número de plazas de residencias de mayores equivalente al 5% de la población mayor de 65 años. En el caso de la comarca de A Coruña, eso supondría unas 5.000 plazas, 14.600 para el total de la provincia.
Actualmente, la provincia de A Coruña cuenta con unas 7.000 plazas, menos de la mitad de las que serían necesarias según la OMS. Además, la inmensa mayoría de dicha oferta se encuentra en el sector privado, con un coste medio de 1.800€ al mes, cantidad que sube por encima de los 3.000 cuando se trata de atender a grandes dependientes. La pensión media gallega, conviene recordarlo, roza los 1.200€, y se sitúa a la cola de las del Estado, solo por delante de Extremadura. El incremento de noticias relacionadas con quejas por las deficiencias en la atención a los mayores es el mejor síntoma de la carga socioeconómica que el envejecimiento – y la insuficiente atención al mismo – está generando entre las familias.
Así que mientras la Comarca crece, la economía de las personas, la que preocupaba a Carville cuando acuñó su frase, no lo hace. O lo hace generando un futuro distópico en el que, por primera vez en años, el crecimiento económico genera modelos de vida peores a los de las generaciones anteriores. Muchas economías familiares subsisten en una amalgama que suma los salarios de uno o dos progenitores, más los ingresos precarios de los hijos y la pensión de los mayores. Acceder a una vivienda es misión imposible; se vuelve al pluriempleo porque un sueldo no garantiza salir de la pobreza. Y en una encuesta reciente se asegura que las prioridades de los jóvenes entre 24 y 44 años(sic) incluyen la vivienda, un coche y un smartphone, pero no tener hijos.
Así que quizá sería bueno recuperar la frase de James Carville con su sentido original, la de la economía y las personas, en lugar de congratularnos por la buena marcha de unas cifras que solo certifican la buena salud de un modelo, pero no nos cuentan mucho sobre la realidad de las personas que sustentan ese crecimiento sin beneficiarse del mismo.

