La calle Tomás Fábregas se ha convertido en el último ejemplo del modelo de gestión urbanística que el Concello de A Coruña impone sin escuchar a los ciudadanos. Los vecinos de esta vía, respaldados por 286 firmas, han mostrado su rotundo desacuerdo con el proyecto de rehabilitación municipal (expediente 106/2025/36), una actuación que califican de «desconectada de la realidad del barrio» y que, lejos de mejorar su calidad de vida, amenaza con dinamitar su día a día.
Un plan que ahoga el ya escaso aparcamiento
La principal queja, y quizás la más comprensible para cualquier residente de una ciudad con las dificultades de estacionamiento que padece A Coruña, es la brutal reducción de plazas de aparcamiento. El proyecto prevé pasar de las 45 plazas actuales a tan solo 9. Es decir, una disminución del 80%.
Los vecinos, representados por Antonio José Álvarez López —quien registró el pasado 25 de mayo el escrito de alegaciones—, advierten que esta medida no es una simple molestia menor, sino un golpe directo a la movilidad diaria de familias, trabajadores y personas mayores que dependen del vehículo privado. ¿Acaso el Concello ha calculado cuántos de esos residentes tienen garaje propio? La respuesta, previsiblemente, es que no.
La contradicción de la ORA: crear un problema para luego gestionarlo
Aún más llamativo resulta el apartado del proyecto que propone incluir la calle en una futura zona de ORA para residentes. Los propios técnicos municipales reconocen en la memoria que «no existen problemas graves de aparcamiento» en la zona que justifiquen esta medida. Entonces, ¿por qué plantearla? La lógica vecinal es aplastante: no tiene sentido crear una escasez artificial de estacionamiento (eliminando 36 plazas) para después imponer un sistema de pago o regulación que «solucione» un problema inducido por la propia administración.
Silencio administrativo y desprecio a la participación ciudadana
Uno de los puntos más graves que denuncian los firmantes es la nula transparencia y comunicación por parte del Ayuntamiento. Según relatan, no recibieron ninguna notificación sobre el período de exposición pública del proyecto. Esta falta de información les ha impedido conocer los detalles con antelación suficiente y presentar alegaciones en tiempo y forma, salvo por la movilización vecinal de última hora. No es un despiste: es una práctica habitual en un gobierno local que habla de «ciudad participativa» pero actúa por decreto, sin bajar a la calle.
Aceras de cemento hueco: ¿modernidad o retroceso en accesibilidad?
Otro punto que enciende las críticas es la ejecución de algunas aceras con elementos de cemento hueco. Lejos de ser un detalle estético menor, este tipo de pavimentación supone un obstáculo para personas con movilidad reducida, sillas de ruedas, muletas o carritos de bebé. Los vecinos denuncian con razón que esta decisión contradice los principios de accesibilidad universal que deberían inspirar cualquier actuación urbanística en pleno siglo XXI. No se entiende que mientras el Concello presume de planes de inclusión, se construyan aceras que parecen sacadas de un campo de obstáculos.
Árboles donde no tocan: otra vez la ocurrencia urbanística
Y por si fuera poco, el proyecto plantea plantar árboles justo frente a las fachadas de las viviendas, ignorando que existe un amplio descampado próximo que podría acoger esas zonas verdes sin afectar a la intimidad, la luz o el espacio de los residentes. La pregunta es obligada: ¿se ha realizado algún estudio sobre la orientación solar, la caída de hojas o el mantenimiento? O, como parece, se trata de una decisión estética tomada desde un despacho sin pisar el asfalto.
Una exigencia razonable: diálogo y revisión
Los vecinos no piden la paralización total del proyecto, sino algo tan básico como sensato: la apertura de un proceso de diálogo real y la revisión de los puntos más lesivos. Solicitan estudiar alternativas que compatibilicen la mejora urbana con las necesidades reales de quienes residen en Tomás Fábregas. No parece una petición descabellada, sino un mínimo ejercicio de democracia.
Mientras tanto, el Concello de A Coruña, gobernado por quien dice priorizar lo público y lo social, opta por el silencio y la imposición. No es la primera vez que ocurre, y no será la última si no hay una reacción ciudadana contundente. La lección para el gobierno local es clara: sin información, sin participación y sin respeto al vecindario, no hay rehabilitación que valga. Otra forma de hacer ciudad es posible, pero esta, desde luego, no es la correcta.

