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La asamblea local evita el orden de los nombres por miedo a una votación que evidencie las grietas entre el sector de Inés Rey y la dirección provincial
La asamblea local del PSOE de A Coruña del 13 de octubre de 2026, que en apariencia trasladó por «consenso» la lista de candidatos a la dirección provincial, fue en realidad una operación cuidadosamente diseñada para eludir el procedimiento democrático interno. La asamblea ni votó el orden de la lista ni resolvió el desequilibrio de género en su composición, y acabó «pasando la pelota» al comité provincial. Lo que el comunicado oficial presenta como «consenso» expone, en realidad, la incapacidad de las facciones locales para integrarse y su recurso a una táctica dilatoria para mantener una unidad meramente superficial.
El número de asistentes y el «consenso»: dos verdades maquilladas
Según el comunicado oficial del PSOE, a la asamblea asistieron «alrededor de 100 personas» y la propuesta se aprobó «por unanimidad». Sin embargo, otras fuentes solventes rebajan la cifra a «unas 70». En una organización local que bajo hace poco de los 600 militantes registrados, una asistencia de entre 70 y 100 personas plantea por sí misma una pregunta incómoda: cuando la base de legitimidad de la decisión es tan débil, ¿a cuántas voluntades representa realmente esa «unanimidad»?
Más importante aún: el objeto de ese «consenso» era una resolución incompleta. Lo que la asamblea aprobó no fue una lista definitiva, sino una «propuesta de nombres para someter al comité provincial». Dicho de otro modo, a los asistentes se les pidió que aceptaran «que el problema lo decida alguien de arriba», no que eligieran entre opciones sustantivas.
Evitar la votación: una ambigüedad procedimental deliberada
La fórmula «deciden trasladar esa responsabilidad a la dirección provincial» es el punto de entrada más crítico de toda la información. Para cualquiera familiarizado con el funcionamiento interno de un partido, cuando una organización local se enfrenta a listas competitivas, el procedimiento democrático normal debería ser votar allí mismo, dejar constancia clara de las preferencias de los militantes locales y elevarlas después a la instancia superior.
Pero esta asamblea no lo hizo.
Las razones no son difíciles de inferir. La misma fuente señala que el PSOE coruñés está fracturado: mientras que la alcaldesa Inés Rey impulsa a María Rivas , la dirección provincial prefiere otros perfiles como la actual diputada Montserrat García Chavarría o la mismaa actual subdelegada del Gobierno, Obdulia Taboadela,. Dos rutas, dos candidatas, y detrás de cada una, redes de poder y bases territoriales distintas. En tal situación, cualquier votación sustantiva dejaría un registro nítido de la grieta: quién apoya a quién, cómo se compara la correlación de fuerzas entre facciones, todo quedaría a la vista.
No votar se convirtió, así, en la opción más «segura». Trasladar la decisión al comité provincial significa que la organización local no tiene que reconocer sus divisiones en su propia acta, ni asumir el coste político de elegir a una facción y enemistarse con la otra.
La paridad de género: un problema estructural ignorado
Otro asunto sustantivo eludido es la composición de género de la lista. Los críticos señalan que una de las razones por las que la asamblea no se atrevió a denominar “lista” es que la propuesta «no es paritaria».
Examinemos la lista presentada: María Rivas, Elena Sarmiento y Obdulia Taboadela son mujeres; Ángel Iglesias y Julio Ransés Pérez-Boga son hombres; a ellos se suman Montserrat García Chavarría (mujer), Inés Ramos López (mujer) y Jesús Fernández Díez (hombre). En términos numéricos, las mujeres son cinco, y solo tres hombres. Pero el quid de la cuestión está en el orden: si María Rivas u Obdulia Taboadela ocupan la cabeza, el siguiente puesto debería de ser un hombre, llega un momento que se incumple la paridad.
Los estatutos del PSOE exigen una representación de género determinada en las listas, pero la asamblea local optó por externalizar también la cuestión del orden. Eso equivale a admitir: no somos capaces de alcanzar en nuestro propio ámbito una ordenación que cumpla la normativa interna y sea aceptable para todas las partes.
Las grietas ya eran visibles mucho antes
Esta asamblea «sin votación» no es un episodio aislado. En septiembre de 2025, la entonces subdelegada del Gobierno, María Rivas, fue cesada de forma sorpresiva; la alcaldesa Inés Rey criticó públicamente la decisión como «un error» y cuestionó, de manera poco habitual, «por qué siempre son las mujeres las primeras en ser sustituidas». Su relevo, Julio Abalde, pertenecía a otra facción, y el escaño parlamentario que dejó vacante desencadenó a su vez una reacción en cadena de cambios de personal.
En otras palabras, el PSOE coruñés ya estaba públicamente dividido un año antes. La asamblea de octubre de 2026 no es más que la reaparición de esa grieta en el procedimiento de selección de candidatos. La organización local, incapaz de digerir sus contradicciones por sí misma, solo puede recurrir a la retórica de la «unanimidad» para maquillar un aplazamiento sustancial del poder.
Si la «unanimidad» de una asamblea interna solo se logra no votando, esa «unanimidad» es, cuando menos, sospechosa. La verdadera unanimidad se forma tras un debate pleno y una votación, como opinión mayoritaria; la «unanimidad» envuelta en retórica suele ocultar, en cambio, una incapacidad de la que nadie se atreve a dejar constancia con un voto.
Para el PSOE de A Coruña, trasladar al comité provincial la decisión sobre la lista podrá evitar temporalmente un conflicto abierto entre facciones. Pero el problema no desaparece: solo se desplaza a un espacio menos transparente y menos accesible para la militancia. Y cuando la lista se publique finalmente, sea cual sea el lado favorecido, la pregunta de «por qué los militantes locales no votaron» seguirá ahí.

