El metrosidero se muere, las hayas lo siguen, los técnicos lo cantaron y la alcaldesa lo niega. La naturaleza le ha quitado la razón con la contundencia de una rama seca. Y no hay bula política que resucite lo que el voto no pudo salvar
Crónicas de una leña anunciada: el día que el Metrosidero se declaró en huelga de clorofila (y otras herejías botánicas)
El metrosidero, ese traidor de los mares del sur
Hay quien dice que los árboles no hablan. Mentira. El metrosidero de la Marina, ese ilustre migrante del Pacífico sur, lleva meses gritando a pleno pulmón (o lo que le quede de savia) algo muy claro: «me estoy muriendo, señora alcaldesa». Pero Inés Rey, fiel a su estilo, prefiere escuchar el silencio que le conviene.
El pasado 15 de julio, la regidora coruñesa insistía con una fe digna de mejor causa en que el ejemplar «está vivo». Habrá quien piense que la política es el arte de lo posible, pero aquí parece haberse convertido en el arte de llamar «vivo» a lo que cualquier peatón con dos dedos de frente identifica como un ristra de leña marrón. Porque el árbol, señora Rey, no engaña: su color no es el verde esperanzado del mes de julio, sino el tono cobrizo de quien ha decidido emprender el viaje definitivo hacia el otro hemisferio.
Y no es cuestión de opiniones, aunque a la alcaldesa le guste presentarlo como un debate entre «expertos» y «políticos con visión». Los expertos en botánica, esos seres que han dedicado su vida a estudiar cómo funciona la fotosíntesis, coinciden en que el traslado de 20 metros —esa distancia tan corta que se ha vuelto infinita para el pobre árbol— fue una carnicería técnica. Y conste que los técnicos no tienen ninguna animadversión personal, salvo quizás esa manía profesional de saber de lo que hablan.
«Le pusieron un riego por goteo cuando estos árboles se nutren de la humedad ambiente y necesitarían por aspersión», señalan. Traducción: no solo movieron al pobre metrosidero de su hogar para instalar un ascensor que podría ir en otra ubicación —¿quién necesita un ascensor justo en ese lugar de un parking tan largo y amplio, cuando se puede tener un árbol centenario?— sino que además lo están regando como si fuese un tomate de invernadero. El árbol, ofendido y deshidratado, responde poniéndose marrón. Una respuesta tan contundente como silenciosa.
La conspiración vegetal: cuando las hayas se solidarizan

Pero el metrosidero no está solo en su lucha pasivo-agresiva contra el Ayuntamiento. No, señor. A pocos metros, frente al obelisco, cuatro hayas rojas protagonizan su propia tragicomedia botánica. Plantadas con evidente ánimo electoralista —que no es lo mismo que ánimo botánico, conviene aclarar— en una especie de maceta gigante que las asfixia, estos ejemplares oscilan entre el marrón y algún tímido brote verde, como si no acabasen de decidir si rendirse o seguir luchando.
El jefe de sección de Inspección Ambiental, ese aguafiestas que se empeña en decir verdades, ya lo advirtió en abril: «No cabe duda de que darán una fotaza el día de la inauguración, pues los arbolitos todavía piensan que están en un vivero. Y así será dos o tres años: con que superen con buen aspecto mayo de 2027, objetivo cumplido». Hay que tener valor para escribir eso y conservar el puesto. O quizás, simple y llanamente, tener razón.
El mismo técnico, ese enemigo público de la improvisación, se preguntaba retóricamente: «¿No aprendemos?» Y la respuesta, a la vista de los hechos, es un rotundo no. Porque no se trata de un error aislado, sino de una constante: las obras de la Marina, ese monumento al exceso presupuestario, parecen diseñadas por un comité de expertos en hacerlo mal con gran estilo.
El lugarteniente habla, la alcaldesa inaugura
En este contexto de caos vegetal y obras faraónicas, el lugarteniente de Inés Rey cometió la osadía de sugerir que no se valoren las obras hasta que estén finalizadas. Una petición razonable, sin duda. El problema es que la alcaldesa ya ha inaugurado parcialmente las obras en varias ocasiones, como si hubiera obtenido una dispensa papal que le permite saltarse sus propias normas. Será que la bula del «yo puedo hacer lo que me da la gana» se la concedieron en el mismo sitio donde le aseguraron que el metrosidero estaba en perfecto estado.
Lo curioso es que, mientras tanto, basta girar el cuello para ver los jardines de Méndez Núñez, con su esplendor verde y saludable. Ahí están los árboles que crecen donde deben, que reciben el agua que necesitan y que no han sido víctimas de un traslado forzoso para dar paso a un ascensor que seguramente podría ir en otra ubicación del amplio espacio que ocupa ese parking, que casualmente se le amplía el plazo de explotación del negocio. Pero eso, claro, sería demasiado fácil.
El metrosidero, mártir de una causa que él no eligió
El pobre Metrosideros excelsa, originario de Nueva Zelanda, no pidió venir a Coruña. No pidió que lo trasladasen 20 metros en pleno siglo XXI para construir un aparcamiento justo en ese espacio. No pidió ser el centro de una polémica política que le importa más bien poco, porque los árboles, ya se sabe, no votan.
Su nombre, ironías del destino, viene del griego metra (duramen) y sideron (hierro). Un árbol con nombre de metal, que debería ser fuerte y resistente, y que sin embargo se está doblando ante el más devastador de los elementos: la incompetencia humana. Quizás en el Pacífico sur, donde estas especies son veneradas y respetadas, el árbol habría tenido una oportunidad. Pero aquí, en la Marina coruñesa, se ha encontrado con una alcaldesa que insiste en su vitalidad mientras el mundo entero puede ver que se está convirtiendo en leña.
La moraleja de esta historia vegetal

La lección, si es que alguien quiere aprenderla, es sencilla: los árboles no mienten. No tienen estrategia política, ni intereses electorales, ni necesidad de quedar bien en las fotos. Simplemente, si los tratas mal, se ponen marrones. Y si insistes en que están verdes cuando están marrones, lo único que demuestras es que la naturaleza te ha quitado la razón.
El metrosidero y las hayas, con su tozudez vegetal, han formado un frente común contra el discurso oficial. ¿Están conspirando? No, solo están cumpliendo con las leyes de la biología, que son más antiguas y más sabias que cualquier decreto municipal. Y lo están haciendo sin necesidad de ascensores, ni inauguraciones, ni declaraciones triunfalistas. Simplemente, siendo árboles. Marrones, secos, y muy, muy sinceros.
La alcaldesa puede seguir insistiendo, pero el árbol no se va a poner verde por mucho que ella lo repita. Y ahí, en esa tozudez vegetal, está la única verdad que merece la pena escuchar. Porque en el fondo, el metrosidero ya ha dado su veredicto: el de una naturaleza que, paciente pero firme, sigue recordándonos que hay cosas que ni el mejor discurso político puede cambiar.
Por mucho que insista Inés Rey, el marrón es marrón. Y el verde está en los jardines de Méndez Núñez, esperando a que alguien lo mire, lo entienda, y sobre todo, lo imite.
Las imágenes que acompañan estas líneas no son de archivo. Son de ayer mismo. Porque la naturaleza, a diferencia de la política, no permite el trucaje.

