Un ayuntamiento con 4 concejales, denuncias cruzadas, plenos de guerrilla y una funcionaria de categoría C2 firmando documentos de habilitación nacional. Bienvenidos a Cambre, donde la pirámide jerárquica es más plana que un chiste de Torrente
Hay lugares donde la política municipal se parece a una partida de ajedrez, y otros donde más bien se asemeja a una timba ilegal en un bar de carretera. Cambre, con toda seguridad, pertenece a esta segunda categoría. Porque cuando uno se asoma al balcón de su consistorio, lo que encuentra no es precisamente un ejemplo de gestión pública, sino más bien un culebrón latinoamericano con presupuesto gallego.
Comencemos por lo más evidente: 21 concejales. Un número que, en teoría, debería representar la pluralidad democrática de un municipio. Pero resulta que el grupo de gobierno tiene únicamente 4 concejales. Sí, han leído bien. Cuatro. Parece que en Cambre han decidido reescribir las matemáticas políticas, porque cuatro son más que diecisiete. O al menos eso deben pensar quienes han diseñado este sistema, que más que un gobierno parece una resistencia armada contra la aritmética.
Los plenos municipales, por supuesto, son un espectáculo digno de la mejor comedia absurda. Difíciles resoluciones que harían palidecer al mismísimo Salomón. Porque no es fácil gobernar con una minoría tan exigua, pero en Cambre lo han convertido en un arte. El arte de sacar adelante propuestas con el apoyo de nadie, o de todos, según sople el viento de la conveniencia política.
Pero lo realmente jugoso llega con las denuncias judiciales. Porque en este concello, las denuncias son como los churros: van y vienen, pero siempre calientan el ambiente. Y lo más curioso es que las que salen desde el gobierno local… ¡salen desde el propio gobierno local contra la oposición! Es como si alguien hubiera decidido que la mejor defensa es un buen ataque judicial, y qué mejor que usar los juzgados como extensión del debate político. Las vendettas, al parecer, no son cosa del cine italiano, sino que tienen su sede en el ayuntamiento coruñés.
Los conflictos laborales, mientras tanto, son tan habituales como el café en las cafeterías. Concentraciones delante del ayuntamiento se convirtieron en una postal típica de Cambre, como podría serlo el río Mero o el puente romano. Solo que estas estampas no las venden en los quioscos. Y uno se pregunta: ¿cómo es posible que un gobierno con 4 concejales genere tanto conflicto? Quizá sea porque, como en las películas de acción, los protagonistas son pocos pero los problemas muchos.
Pero donde la cosa alcanza cotas de surrealismo dignas de Dalí es en el papel de la alcaldesa en el pleno. Defender que interventora había obrado bien, y que interventora obro mal, como poco, una muestra de lealtad mal entendida. O quizá de que en Cambre han decidido que el «yo soy yo y mis circunstancias» de Ortega se transforme en » yo soy yo y mis habilitadas nacionales». Porque cuando la primera autoridad municipal defiende lo indefendible, uno ya no sabe si está en un pleno o en un programa de humor político.
Y entonces, cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llega el momento del «rien ne va plus». Esa frase típica de los casinos que en Cambre se ha convertido en el lema no oficial del ayuntamiento. Porque cuando las cosas van mal, siempre pueden ir peor. Y en Cambre han decidido llevar este principio a sus últimas consecuencias.
La joya de la corona, el momento que merecería un capítulo propio en cualquier manual de despropósitos municipales, es la ausencia de la Secretaria General. Un cargo de habilitación estatal, el máximo nivel en la plantilla municipal, la persona que debería garantizar la legalidad de todo lo que se hace. Pues bien, esa persona no está. Y en su ausencia, quien firma los documentos de valoración de legalidad es una auxiliar administrativa. Sí, han leído bien: una auxiliar administrativa.
Es como si en un hospital, ante la ausencia del director médico, el encargado de diagnosticar enfermedades fuera el auxiliar de limpieza. O como si en un juzgado, cuando falta el juez, los autos los firmara el ordenanza. No es que queramos despreciar el trabajo de los auxiliares administrativos, que hacen un trabajo fundamental. Pero de ahí a que asuman funciones de un cargo de habilitación nacional, va un trecho que ni el mismísimo Usain Bolt podría recorrer.
Y entonces uno se pregunta: ¿qué firma realmente esta auxiliar? ¿Firma lo que entiende, lo que cree, o simplemente lo que le dictan en remoto? Porque la sospecha de que alguien desde la sombra está dirigiendo el cotarro es tan evidente que casi se puede ver. Esa persona que firma al dictado de quién sabe quién, convierte el ayuntamiento en una suerte de teatro de marionetas donde la legalidad es un concepto tan elástico como la goma de un chicle.
Cambre se ha convertido, sin quererlo (o quizá sí), en un laboratorio de experimentos políticos donde las reglas del juego se inventan sobre la marcha. Donde un gobierno de 4 concejales gobierna como si tuviera mayoría absoluta, donde las denuncias son un arma arrojadiza, donde los trabajadores están en permanente conflicto y donde una auxiliar administrativa firma documentos que debería firmar la máxima autoridad técnica del ayuntamiento.
Es curioso cómo en Cambre han logrado algo que parecía imposible: que la frase «todo es posible» suene más a amenaza que a promesa. Porque aquí, cuando dicen que todo es posible, no se refieren a que vayan a construir un centro cultural o a arreglar las aceras. Se refieren a que pueden gobernar con 4 concejales, a que pueden denunciar a la oposición desde el gobierno, a que una auxiliar puede hacer de secretaria general.
Quizá lo más triste de todo es que, mientras tanto, los vecinos de Cambre siguen esperando que su ayuntamiento funcione. Que los servicios se presten, que las calles estén limpias, que las escuelas tengan calefacción. Pero parece que en el concello están demasiado ocupados con sus vendettas particulares, sus denuncias cruzadas y sus experimentos de ingeniería administrativa como para preocuparse de esas nimiedades.
Y mientras tanto, el «rien ne va plus» resuena en el salón de plenos como un mantra. Porque en Cambre, efectivamente, ya no se puede apostar a nada. Ni a que el gobierno dure, ni a que la legalidad se respete. Todo es posible, y al mismo tiempo, todo es imposible. Como en la mejor tradición del absurdo, Cambre nos demuestra que la realidad siempre supera a la ficción. Y que, a veces, la política local es el mejor género de comedia que existe. O de tragedia, según se mire. Pero eso ya lo dejaremos para el próximo capítulo de esta serie interminable que parece no tener final. Rien ne va plus, señoras y señores. En Cambre, la ruleta sigue girando.

