Entre el deseo y la factura
En Galicia solemos movernos con un pie en la esperanza y otro en la prudencia. Y pocas cuestiones exigen tanto equilibrio entre ambos como la propuesta de ampliar la formación médica fuera de Santiago. En los discursos abundan los “sería deseable”, “es necesario” y “es una oportunidad histórica”, pero cuando se pasa del verbo a la tabla de números, la épica se vuelve contabilidad. Porque una cosa es predicar, y otra muy distinta —como bien sabía cualquier rector ilustrado— es dar trigo.
Hoy, el debate sobre abrir Medicina en A Coruña atraviesa ese punto crítico. La aspiración es legítima: prestigio, atracción de talento, impulso a la investigación biomédica, consolidación del CHUAC como polo de excelencia y una demanda social que no deja de crecer. Pero la pregunta relevante no es si es deseable —pocas cosas lo son más—, sino si puede hacerse sin hipotecar el resto de las titulaciones, sin improvisar claustros y sin repetir los vicios que se achacan, con o sin justicia, al modelo compostelano.
Para avanzar con honestidad, conviene mirar el asunto con la luz fría que pedía don Wenceslao: claridad en la exposición, serenidad en el diagnóstico, reflexión profunda en la propuesta.
La aspiración: prestigio, necesidad y sentido territorial
El déficit de médicos en Galicia es real, sostenido y creciente. La jubilación inexorable de un porcentaje significativo de profesionales convertirá la próxima década en una travesía compleja para el sistema sanitario. Aumentar plazas de Medicina no es un capricho, sino una obligación estratégica.
Además, existe un argumento territorial sólido: la concentración absoluta de la formación médica en un solo centro resulta anacrónica. Hospitales como el CHUAC, o el Álvaro Cunqueiro han demostrado capacidad asistencial, investigadora y docente suficiente para participar de una red formativa más amplia.
En este marco, A Coruña se presenta como candidata natural para un proyecto de nueva facultad.
El coste: lo que significa, de verdad, abrir Medicina
Pero la formación médica tiene un rasgo singular: es la titulación más cara de todas, muy por encima de cualquier ingeniería, doble grado o máster de ciclo largo.Para explicarlo sin grandilocuencias: fundar una facultad de Medicina cuesta tanto como mantener unas diez titulaciones medianas.
Los principales capítulos son:
- Profesorado clínico acreditado, cuyo coste salarial y disponibilidad son limitados.
- Laboratorios de anatomía, histología y simulación clínica, con instalaciones que ninguna otra facultad necesita.
- Toda la estructura de docencia práctica: tutores, coordinadores de rotaciones, convenios hospitalarios y sistemas de evaluación clínica.
- Infraestructuras específicas: edificios, salas de disección, unidades de habilidades, equipamiento diagnóstico.
Sin financiación autonómica estable, finalista y plurianual, ningún campus puede asumir esta carga sin sacrificar a sus hermanas pequeñas: Humanidades, Ciencias Sociales, algunas ingenierías, Filologías… Es decir, justo las titulaciones que más sufren cuando la política universitaria confunde ambición con imprudencia.
Garantizar calidad y evitar claustros viciados
Es importante señalar que la cuestión clave es el profesorado. Este es el corazón del asunto, y el punto en el que, si se quiere hacer bien, A Coruña debe evitar los errores del pasado.
El riesgo de crear un claustro endogámico, envejecido o complaciente es real. La crítica que muchos opositores formulan contra la USC —a veces matizada, a veces exagerada— tiene un trasfondo que no conviene repetir: la formación médica no puede depender de inercias corporativas.
Por ello, cualquier nueva facultad debería:
- Abrir convocatorias internacionales y nacionales reales, con criterios transparentes y baremados.
- Separar nítidamente la gobernanza académica de la hospitalaria, evitando que los jefes de servicio coloquen a sus relevos sin concurso competitivo.
- Exigir méritos clínicos y científicos equilibrados, de modo que ni la práctica devore la investigación ni la investigación se despegue de la realidad asistencial.
- Evitar el arrastre de prácticas endogámicas, garantizando que —al menos en la primera década— una mayoría del profesorado provenga de fuera del campus.
La vinculación del profesorado clínico
Aquí está uno de los nudos técnicos más delicados:
¿quién contrata al profesorado clínico y con qué régimen laboral?
El modelo viable —y el único que evitaría duplicidades y confusiones— sería:
- Profesores vinculados mediante plaza asistencial en el CHUAC y contrato docente con la universidad.
- Convenios específicos que establezcan dedicación, carga docente, investigación y evaluación anual.
- Una comisión mixta Universidad–SERGAS para aprobar plazas, garantizar méritos mínimos y evitar interferencias jerárquicas.
Este sistema funciona en Cataluña, Navarra o Madrid con buenos resultados, y permitiría profesionalizar la docencia sin convertirla en un feudo hospitalario.
La expedición del título: quién certifica lo que se enseña
Si Galicia opta por un modelo multicampus o cooperativo, la expedición de títulos debe ser clara desde el primer día.
Hay dos opciones:
- Título expedido por la UDC, si se constituye una facultad propia con autonomía plena.
- Título expedido por la USC, pero con docencia descentralizada, si se opta por un modelo de adscripción o facultad compartida.
La primera opción otorga prestigio y responsabilidad a la UDC, pero exige una estructura académica completa.La segunda reduce riesgos, pero puede resentirse en términos de identidad y gobernanza.
Cualquiera de los dos modelos es viable, siempre que se acompañe de un diseño institucional sólido y sin ambigüedades.
Hacia un modelo posible y razonable
La clave del éxito no reside en copiar lo que existe, sino en diseñar una facultad del siglo XXI, con tres pilares:
- Financiación autonómica finalista y plurianual.
— Contratos-programa de 10 a 12 años, con hitos revisables.
- Gobernanza académica independiente y meritocrática
— Claustros abiertos, concursos limpios, control externo de calidad.
- Integración sanitaria coherente
— Participación del SERGAS desde el diseño hasta la evaluación.
Con estos elementos, abrir Medicina en A Coruña no sería un salto al vacío, sino un proyecto modernizador y sensato. En conclusión, prestigio sí, pero con rigor. Galicia necesita más médicos; el país lo exige y el tiempo apremia.
Pero si la formación médica se expande, debe hacerlo con inteligencia y sin hipotecar el resto de la universidad. La excelencia no nace del entusiasmo, sino de la planificación, la transparencia y la serenidad.
Porque, como recordaría don Wenceslao, la modernidad no está en tener una facultad más, sino en tenerla bien hecha.
Y solo así, de verdad, se convierte el deseo en trigo.
Roberto García de Villaescusa Collazo es Doctor en Medicina y Cirugía

