03/09/2026

“Humanización sin vecinos”: el conflicto urbanístico en Labañou que revive el despotismo ilustrado en A Coruña

Los residentes de Tomás Fábregas se movilizan esta noche contra un plan municipal que consideran impuesto y opaco, mientras el gobierno local defiende un modelo de mejora urbana que excluye a quienes la sufrirán a diario

Se acabó agosto y empezamos septiembre, pero los vecinos de Labañou siguen con sus movilizaciones. El verano no ha enfriado el malestar; al contrario, la vuelta a la rutina trae consigo una cita ineludible esta noche a las 20:30 en el cruce entre Ronda de Outeiro y Avda Gran Canaria. La convocatoria no es un mero acto social, sino un termómetro que mide la fractura entre la administración local y la ciudadanía.

La reclamación es tan básica como profunda: ser escuchados. No se trata de un capricho ni de una negativa frontal al cambio, sino de un derecho fundamental en cualquier democracia participativa. Sin embargo, lo que debería ser un trámite lógico en la planificación urbana se ha convertido en un muro de silencio institucional.

El gobierno local defiende que su plan es humanizar la calle Tomás Fábregas. El término suena bien, evoca peatones, zonas verdes, mobiliario urbano y calidad de vida. Pero de todos es sabido que la humanización se hace para los humanos, y en este caso, los humanos son los residentes en esa calle y el barrio. ¿De qué sirve un proyecto diseñado en un despacho si quienes lo van a sufrir o disfrutar a diario no han podido opinar sobre sus necesidades reales? Humanizar sin preguntar es un oxímoron.

Aquí aparece la gran incógnita: la idea de humanización no se sabe si la hace el gobierno local y/o la empresa que realiza las obras. La opacidad es total. El primero parece alejado de ese barrio, y las empresas, por su naturaleza, obedecen a interés de cuenta de resultados. No se les puede pedir sensibilidad vecinal cuando su motor es el beneficio económico y los plazos de ejecución. Pero el gobierno no puede esconderse detrás de la contrata. Su función es mediar, explicar y consensuar. Y aquí, claramente, ha fallado.

Realizar la humanización sin los vecinos nos hace viajar a otros tiempos. No es una exageración. La frase «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» resume el lema político del despotismo ilustrado del siglo XVIII, atribuido tradicionalmente a monarcas como Federico II de Prusia o Carlos III de España. En aquella época, los gobernantes decidían lo que era bueno para sus súbditos sin contar con su opinión, convencidos de su superioridad intelectual. Tres siglos después, asistimos a un revival de esa práctica en las calles de A Coruña. ¿Acaso los técnicos municipales y los concejales son los nuevos «déspotas ilustrados» que saben más que los propios afectados?

El lema de la concentración de esta noche es meridiano: “SÍ al avance, NO a la imposición”. Esa frase condensa la dualidad del conflicto. Los vecinos no son unos obstruccionistas; no rechazan la mejora, sino la forma en que se está ejecutando. Reclaman un sí al progreso, pero siempre que este no se imponga por decreto. Piden ser escuchados, no simplemente oídos. La diferencia es sustancial: oír es un acto pasivo; escuchar implica atender, responder y modificar lo que sea necesario en función de lo que se recibe.

El descontento no es un ruido molesto para los gobernantes; es el aviso de que la legitimidad del proyecto está en entredicho. Cuando una obra se percibe como una decisión unilateral, el resultado final, por muy bonito que sea en el papel, será percibido como un cuerpo extraño. La humanización de una calle no solo se mide en metros cuadrados de acera o en número de árboles plantados; se mide también en el respeto al tejido social que la habita.

Esta noche, en Ronda de Outeiro, los vecinos de Labañou no solo reclamarán mejoras para su calle. Estarán defendiendo un principio democrático básico: que el urbanismo no es una ciencia exacta que se aplica desde arriba, sino un diálogo constante con quienes pisan el asfalto cada día. El gobierno local debería entender que el verdadero progreso no es el que se impone, sino el que se construye colectivamente. Si no, la historia, esa que citamos con el despotismo ilustrado, tiende a repetirse: primero como tragedia y luego como obra mal ejecutada.