23/10/2026

Inés Rey resuelve la crisis de María Pita con un giro de 540 grados: ni 180, ni 360, ni idea

La alcaldesa condena la quema de 30 contenedores, evita valorar la actuación policial y admite que «no sabe de dónde vienen» los violentos que arrasaron su propia plaza

Hay días en los que un político demuestra su talla. Otros, en los que evidencia su vértigo. Y luego están esos en los que, directamente, uno se pregunta si el manual de instrucciones del cargo venía en un idioma que la alcaldesa no domina. A Coruña vivió ayer una sucesión de acontecimientos que exigían temple, claridad y, sobre todo, coherencia. Lo que recibió, en cambio, fue una clase magistral de geometría variable.

Empecemos por el principio, que en este caso es un giro de 180 grados. Antes de que una sola papelera ardiera, Inés Rey ya había encontrado culpables: el PP, Feijóo y su presunta tolerancia con «un partido fascista». La ultraderecha «campa a sus anchas» por culpa de los populares, sentenciaba. Hasta aquí, todo dentro del guion habitual. El problema es que el guion estaba a punto de sufrir un remake.

Llegó el mediodía. Llegaron las concentraciones. Llegó la carga policial en María Pita. Y con ella, el primer giro de la trama: el Concello emitía un comunicado condenando «rotundamente» los actos violentos, apoyando a los heridos y lamentando la «deriva violenta» de una convocatoria que, según la propia alcaldesa, había reunido a casi 5.000 personas. Hasta aquí, razonable. El problema vino después, cuando anocheció.

Del 180 al 540 sin pasar por el 360

La quema de una treintena de contenedores, los destrozos «cuantiosos» y un reguero de incidentes frente a la Subdelegación del Gobierno exigían algo más que un comunicado. Exigían una comparecencia con posiciones claras. Y ahí llegó el giro de 540 grados: ese que no existe en geometría pero que sí existe en la política cuando uno no sabe qué decir.

Porque en la misma rueda de prensa, la alcaldesa afirmó que «no es el camino» quemar mobiliario urbano y que eso «da más alas a la ultraderecha». Bien. Pero acto seguido, preguntada por la actuación policial, espetó: «No vi a la Policía quemando contenedores». Es decir, que la condena a los violentos venía con una condición: que no se le pregunte por los agentes. Que cada cual entienda lo que quiera. Que el mensaje se difumine solo.

Y en medio de ese laberinto, la frase que resume todo: «Hay grupos violentos, no sé de dónde vienen». Señora alcaldesa, permítame ayudarle: vinieron a María Pita. Al mismo sitio donde usted había convocado, bendecido y celebrado una manifestación «pacífica». Si no sabe de dónde vienen, quizá el problema no sea la procedencia de los violentos, sino la desorientación de quien debería haber previsto, coordinado o, como mínimo, entendido lo que ocurría en su propia plaza.

Coherencia, esa asignatura pendiente

El resultado de esta sucesión de giros —180, luego 360, luego 540— no es un círculo virtuoso. Es un trompo. Un trompo que gira sobre sí mismo sin avanzar, mareando a propios y extraños. Ayer la culpa era del PP. Luego, de «algunos violentos». Después, de nadie en concreto. Y al final, de todos y de ninguno a la vez, con un llamamiento a «frenar la escalada» que suena a receta de médico que no sabe qué enfermedad trata.

Mientras tanto, A Coruña amaneció con treinta contenedores calcinados, comercios dañados, heridos y una sensación colectiva de que nadie estaba al mando. La ciudad que «siempre se caracterizó por su talante cívico», en palabras de la propia regidora, descubrió que su alcaldesa no coordina los dispositivos policiales —lo dice ella—, no entra a valorar la actuación de los agentes —lo repite ella— y, por lo visto, tampoco termina de decidir si lo ocurrido fue una manifestación pacífica empañada por unos pocos o un campo de batalla sin responsables identificables.

El Manquiña de María Pita

Hay quien dice que la alcaldesa intenta imitar a Manquiña en Airbag: «Lo mismo te digo una cosa que te digo la otra». Sería gracioso si no fuera porque estamos hablando de contenedores quemados, de personas heridas y de una ciudad que exige respuestas, no piruetas. La sátira se escribe sola. La gravedad, también.

Porque el problema no es solo la desorientación. El problema es que esa desorientación tiene consecuencias. Cuando un líder no sabe dónde está su electorado, su electorado tampoco sabe dónde está su líder. Y cuando el mensaje oscila entre culpar al adversario, condenar a los violentos sin nombrarlos y relativizar la actuación policial con un «no vi a la Policía quemando contenedores», lo que se transmite no es prudencia: es ausencia de criterio.

¿Y el próximo giro?

Queda la pregunta del millón: ¿cuál será el próximo giro? ¿Un 720? ¿Una espiral? ¿Un giro copernicano que por fin coloque a la alcaldesa en el centro de la responsabilidad que le corresponde? Porque de momento, lo único que ha quedado claro tras este día es que Inés Rey domina el arte de girar. Lo que no domina —o no parece— es el arte de quedarse quieta, mirar a los ojos a su ciudad y decir algo que se sostenga más de veinticuatro horas.

A Coruña no necesita una alcaldesa que resuelva dudas geométricas. Necesita una que resuelva problemas. Y mientras siga girando, los contenedores seguirán ardiendo. Metafóricamente. Y, por desgracia, también literalmente.