23/10/2026

La alcaldesa convierte el metrosidero en leña y planta una encina de madrugada para que nadie note el cambiazo

Inés Rey justifica la tala porque el árbol «tenía mal aspecto» · La sustituta produce bellotas «de las buenas», las favoritas de los jabalíes · El metrosidero, según fuentes municipales, «no estaba muerto, estaba de parranda»

Corrían los primeros fríos —esos que en A Coruña se anuncian con la puntualidad de un funcionario y la sutileza de un turista en chanclas en enero— cuando la alcaldesa, Inés Rey, tomó una decisión que pasará a los anales de la silvicultura municipal: convertir el metrosidero en leña. No en un monumento, no en un recuerdo, no en una placa conmemorativa. En leña. De la de arder. De la de toda la vida.

Al final, todo apunta a que fue una decisión de eutanasia. Y es que, en sus últimas declaraciones sobre el tema —pronunciadas en una emisora local, ese lugar donde las verdades se dicen en voz baja y los micrófonos hacen más ruido que las motosierras—, la regidora simplemente dijo que el árbol «tenía mal aspecto». Ahí queda eso. El diagnóstico fitosanitario más riguroso de la historia: mal aspecto. Como el que tenemos todos un lunes a las siete de la mañana. Si el criterio fuera ese, media ciudad estaría ya en la leñera.

Ahora, en su lugar, y en plena noche —para que no se note el cambio, no vaya a ser que alguien se dé cuenta de que donde había un metrosidero ahora hay otra cosa, como si en mitad de la oscuridad nadie fuera a mirar—, se planta una encina. Una especie que produce bellotas. Bellotas de las buenas, no como las del roble. Estas son las bellotas que más le gustan a los jabalíes. Es decir: hemos pasado de un árbol ornamental a un comedero de lujo para fauna local con pretensiones. Un plan urbanístico de altos vuelos.

Eso sí, hay que reconocerle algo a la encina: si sobrevive al traslado, seguro que se agarra con fortaleza, dado que sus raíces suelen ser el doble de lo que arbola. Un dato botánico que conviene recordar la próxima vez que alguien proponga cambiar un árbol por otro con nocturnidad y sin preguntar.

De lo que no cabe duda, a pesar de las constantes negaciones de Inés Rey, es de que el metrosidero murió. No sabemos si fue con las sierras que ella mandó. Lo que sí sabemos es que el mensaje que mantuvo hasta esta decisión más parecía que el metrosidero «no estaba muerto, que estaba de parranda». Una versión municipal del famoso sketch. Hasta que un día, sin previo aviso, la parranda terminó en la leñera.

Y como todo buen funeral necesita su responso, cerramos con Leopoldo Panero, que le dedicó a la encina estos versos que ahora suenan a despedida y a bienvenida al mismo tiempo:

«La gracia cenicienta de la encina,
hondamente celeste y castellana,
remansa su hermosura cotidiana
en la paz otoñal de la colina.»

Que la encina agarre. Que las bellotas caigan. Y que el metrosidero, donde quiera que esté —ardiendo en alguna chimenea o de parranda en el más allá—, sepa que al menos tuvo un final con nocturnidad, alevosía y un poema. Casi nada.