14/12/2025

Riazor, 120 años de olas y memorias: la playa que cambió sin perder su alma

El rumor constante del Atlántico, ese sonido profundo y hipnótico que rompe contra la arena, es el hilo conductor de la historia de A Coruña. Y en su corazón, bañado por ese mismo océano, se encuentra la playa de Riazor: un arenal urbano, testigo mudo de generaciones, que ha visto cómo la ciudad se transformaba a su alrededor mientras él, en esencia, permanecía fiel a su cita con el mar.

Pero la Riazor que hoy conocemos, con su paseo marítimo y su arena dorada, es el resultado de una profunda metamorfosis. En la antigüedad, este rincón de la ciudad estaba dotado de grandes rocas que se adentraban en la zona de baño, un paisaje agreste y salvaje que el tiempo y la mano del hombre fueron suavizando para dar paso al arenal abierto que invita al paseo y al recreo.

Una instantánea del verano de 1905

Sin embargo, no solo la playa cambió. La verdadera transformación, la que marca el pulso de las eras, es la de sus protagonistas: la gente. Una fotografía en blanco y negro, tomada hace 120 años, nos teletransporta a un día de verano de principios del siglo XX. Es una ventana al pasado que captura no un instante, sino toda una forma de vida.

La imagen es un cuadro de delicadeza y modestia. No hay toallas extendidas al sol ni sombrillas de vivos colores. En su lugar, el arenal está salpicado de casetas de madera móviles, refugios íntimos donde los bañistas, con una recatada elegancia, se cambiaban lejos de las miradas curiosas. El vestuario era todo un ritual social: trajes de baño que cubrían mucho más de lo que enseñaban, sombreros de ala ancha para protegerse del sol y elegantes vestidos para las mujeres que paseaban por la orilla, quizás sin mojarse siquiera los pies.

Las embarcaciones de madera, hablan de una relación más práctica con el mar, posiblemente la de los pescadores que complementaban su sustento. Y entre todo ello, algunos bañistas se aventuran en las frías aguas atlánticas, un privilegio de unos pocos valientes en una época donde el ocio playero comenzaba a despuntar.

El mismo océano, distinto ritmo

El tiempo lo ha cambiado todo. Los pesados trajes de baño se transformaron en ligeras licras y los sombreros fueron reemplazados por gorras y gafas de sol. El murmullo de las conversaciones ya no es el mismo; se mezcla con el sonido de dispositivos móviles y el golpear de una pelota de playa.

Pero hay una presencia inmutable, un actor principal que no ha envejecido ni un solo día: el Océano Atlántico. Él sigue ahí, imperturbable. Su masa de agua salada sigue marcando, con sabiduría ancestral, el ritmo eterno de las mareas. Sube y baja con la misma cadencia con la que lo hacía hace 120 años, acariciando la misma arena, rompiendo contra el mismo espigón de roca que perdura en la memoria.

Las olas que hoy mojan los pies de un niño son las mismas que refrescaron a aquellos bañistas de antaño. Ese es el verdadero milagro de Riazor: por mucho que cambien las modas, las construcciones y las costumbres, el alma de la playa, su latido profundo y salvaje, permanece intacto. Es el océano el que, en su constancia, nos une a todos los que, generación tras generación, hemos encontrado en su orilla un lugar para el disfrute, la nostalgia y la vida.

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