22/09/2026

El milagro de los talleres en centros cívicos: lleno histórico, sorteo fallido y la informática cargando con el muerto (otra vez)

Imagen creada con IA

Un éxito de convocatoria sin precedentes… empañado por un algoritmo que ni siquiera necesita IA para funcionar. ¿Tan difícil era? ¿Tan fácil era fallar?

I. Éxito rotundo, plazas dudosas

Hay que reconocerlo: la convocatoria de talleres en los centros cívicos de A Coruña ha sido un éxito sin precedentes. Tanta gente apuntándose, tanta ilusión acumulada, tanta lista de espera, que al final el sistema —ese ente etéreo al que llamamos «la informática» con la misma devoción con la que antes invocábamos a los dioses del clima— decidió tomarse unas vacaciones no remuneradas en pleno proceso de adjudicación.

Y así, entre aplausos por la masiva participación y vítores por la capacidad de convocatoria, se nos coló un pequeño detalle: el sorteo no funcionó como debía. Un detalle minúsculo, casi anecdótico, del tamaño de una plaza de taller de macramé que aparece adjudicada a quien no le tocaba, o que no aparece adjudicada a quien sí. Da igual. Lo importante es que hubo mucha gente. Muchísima. Histórica. ¿Mencioné ya que fue un éxito?

II. El sospechoso habitual: «la informática»

Llegados a este punto, conviene aclarar un malentendido que ya es casi folclórico. Cuando alguien dice «fallo informático», en realidad está diciendo: «no tengo la menor idea de qué pasó, pero prefiero que la culpa la tenga algo que no respire».

Porque seamos sinceros: la informática no existe. Existen programas, servidores, licencias, contratos de mantenimiento, empresas adjudicatarias, funcionarios que pulsan botones, responsables políticos que firman pliegos y, sobre todo, existen personas. Personas que diseñan, personas que aprueban, personas que no revisan, y personas que, cuando algo sale mal, señalan con el dedo a una nube abstracta llamada «el sistema».

Es el equivalente administrativo del «se me cayó el café»: nadie lo tiró, el café se cayó solo. Un misterio.

III. Pero tranquilos: no fue la IA

Aquí viene la buena noticia, la que debería tranquilizarnos a todos: no fue culpa de la Inteligencia Artificial. Respiremos. La IA, esa entidad omnipresente que según los titulares va a quitarnos el trabajo, robarnos las recetas de la abuela y decidir quién entra a un taller de cerámica, no tuvo nada que ver.

Y es lógico, porque el algoritmo que reparte plazas de talleres en un centro cívico no necesita IA. No necesita machine learning, ni redes neuronales, ni procesamiento de lenguaje natural. Necesita, básicamente, un bucle for y un generador de números aleatorios. Algo que se podía programar en los años sesenta. Algo que, con perdón, se podía programar en COBOL un martes por la tarde. Algo que un becario con dos cafés encima resuelve antes de comer.

Es decir: el nivel de sofisticación tecnológica requerido aquí es ligeramente superior al de un sorteo de amigo invisible, y ligeramente inferior al de una máquina expendedora de chicles. No estamos hablando de fusionar átomos. Estamos hablando de repartir plazas entre ciudadanos que se apuntaron a un taller de yoga.

Y aun así, falló.

IV. La propuesta revolucionaria: el bombo de casa

Llegados a este punto, y ante la evidencia de que la tecnología punta nos ha traicionado en su misión más humilde, propongo recuperar una herramienta que la humanidad perfeccionó a lo largo de siglos y que, misteriosamente, hemos decidido jubilar: el bombo del bingo de casa.

Ventajas, para quien todavía dude:

  • Es transparente. Se ve la bolita salir. No hay backend, no hay log, no hay stack trace. Hay una bolita.
  • Es limpio. Un paño, un poco de talco, y como nuevo.
  • No oculta código desconocido. El código es la mano que gira el bombo. Y esa mano tiene nombre y apellidos, y responde ante la comunidad de vecinos.
  • Es auditables por cualquiera, incluido el señor Paco, que lleva cuarenta años yendo a los talleres y desconfía de todo lo que tenga pantalla.
  • Es emocionante. Ver salir las bolas tiene más tensión que cualquier dashboard de adjudicación.

Y ojo, que no es una idea peregrina. Ya lo dijo Maradona en su momento, con esa sabiduría popular que solo él tenía: «bolita caliente, bolita fría». Es decir: incluso el bombo más analógico del mundo admite sospechas. Pero al menos son sospechas verificables, no errores informáticos disueltos en el éter.

V. La pregunta incómoda que dejamos flotando

Y ahora, sin querer molestar, sin querer señalar a nadie, sin querer sacar los pies del tiesto, permítanme dejar una duda revoloteando por ahí, como una bolita que no termina de salir del bombo:

Si el algoritmo es tan simple que se programa en una tarde, ¿cómo es posible que falle?

Y su prima hermana, aún más incómoda:

Si falla algo tan simple, ¿de verdad queremos que nos gobierne algo más complejo?

Ahí lo dejo. Sin acusaciones. Sin nombres. Sin bolitas calientes ni frías. Solo con una constatación humilde: el gran éxito de los talleres de los centros cívicos quedó empañado, no por la IA, sino por la informática. Es decir, por nosotros. Porque la informática, al final, siempre fuimos un poco todos.