16/04/2026

A Coruña: la ciudad de los museos abandona su propia memoria

La Domus, el icónico museo diseñado por Isozaki, acumula suciedad y una preocupante falta de inversión mientras las instituciones miran hacia otro lado

Hubo un tiempo, no tan lejuno, en el que A Coruña se jactaba de ser “la ciudad de los museos”. Fue en la etapa de Paco Vázquez como alcalde, cuando el municipio apostó por una red de equipamientos culturales que pocas urbes de su tamaño podían presumir: desde el MUNCYT, museo nacional de ciencia y tecnología, hasta la Casa das Ciencias, pasando por la sorprendente Domus.

Inaugurada en abril de 1995 bajo el nombre de Casa del Hombre, la Domus fue concebida como el primer museo interactivo, conceptual y monográfico del mundo dedicado al ser humano. Su contenido, único y rompedor para la época —un parto filmado, un menú interactivo para medir el equilibrio nutricional, una Gioconda formada por 10.062 retratos de personas anónimas o la posibilidad de ver los latidos de tu propio corazón— convirtió al museo en un referente internacional.

El continente no iba a la zaga: el edificio es obra del japonés Arata Isozaki, Premio Pritzker 2019, una de las figuras capitales de la arquitectura contemporánea. Su estilo brutalista y metabolista se funde con la fachada del Orzán en un diálogo que aún hoy impresiona. Y como broche, una escultura de Fernando Botero saluda al visitante en la entrada. Un conjunto, en definitiva, que debería ser un orgullo permanente.

Un museo en caída libre

Pero ese esplendor pertenece al pasado. Hoy, la Domus es un símbolo del abandono institucional. Quien se acerque al paseo marítimo se topará con una imagen desoladora: una enorme malla azul cubre el edificio para evitar la caída de pizarras. Esa malla ya estaba presente en mayo de 2023, cuando la alcaldesa Inés Rey y sus rivales políticos celebraron allí un debate electoral. Ni entonces fue una medida puntual, ni ahora se ha convertido en solución. Más bien es el retrato fiel de una parálisis.

Han pasado casi tres años desde aquel debate, y nada ha cambiado. Peor aún: el deterioro avanza. No hay partida presupuestaria específica para la reparación de la Domus en las cuentas municipales de este ejercicio, y todo apunta a que tampoco la habrá en lo que resta de mandato. En ejercicios anteriores, a pesar de existir una partida genérica para el arreglo de museos, nunca llegó a ejecutarse una intervención real en este edificio. Las promesas se las llevó el viento del Atlántico.

Suciedad, heces y un restaurante fantasma

El abandono estructural atrae el abandono de la limpieza. Las escaleras de acceso acumulan mugre y restos orgánicos. Quienes transitan por la zona dan fe de la presencia de heces de perro que nadie retira, síntoma de un espacio sin vigilancia ni mantenimiento frecuente. No es un problema de días o semanas: la suciedad lleva meses instalada, porque la suciedad, cuando nadie la combate, llama a más suciedad. Y, sobre todo, porque la falta de visitantes crónica convierte cualquier rincón en un vertedero silencioso.

Uno de los capítulos más tristes lo protagoniza el antiguo restaurante del museo, un espacio con unas vistas privilegiadas de la ensenada del Orzán que hoy permanece cerrado, vacío y en estado ruinoso. Da igual si se reabre como restaurante o se destina a otra actividad: lo insostenible es que un lugar con semejante potencial lleve años condenado al polvo y al olvido. Una imagen tercermundista.

Un modelo de ciudad en entredicho

A Coruña sigue presumiendo de su oferta museística en los folletos turísticos, pero la realidad se impone con imágenes que duelen. La Domus no es solo un museo: es un icono arquitectónico, un legado de Isozaki, un reclamo cultural y una parte de la identidad coruñesa. Dejarla morir por falta de mantenimiento es mucho más que una negligencia presupuestaria: es una declaración de intenciones sobre el modelo de ciudad que queremos.

Porque no se abandona solo un edificio. Se abandona una idea de cultura, se abandona la memoria, se abandona la posibilidad de que las nuevas generaciones entiendan qué significó aquella «ciudad de los museos». Y mientras tanto, la malla azul sigue ahí. Y las pizarras, cayendo. Y el restaurante, vacío. Y Botero, testigo de piedra de un fracaso anunciado.

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