A Coruña cerró 2025 con 12.335 infracciones penales, un 1% menos que el año anterior. Sobre el papel, la criminalidad en A Coruña desciende ligeramente. Pero basta hablar con vecinos de distintos barrios para comprobar que la sensación en la calle no siempre coincide con la estadística.
La ciudad no es la misma que hace tres años. Tampoco lo es su población. A Coruña ha pasado de 247.376 habitantes en 2023 a 251.543 en 2025. Más vecinos, más actividad, más movimiento. Y, sin embargo, el número total de delitos se mantiene estable e incluso baja levemente.
Entonces, ¿por qué el debate sobre la inseguridad vuelve a aparecer con fuerza?
Cuando el dato global no cuenta toda la historia
Los delitos patrimoniales clásicos —hurtos, robos con violencia o robos con fuerza— descienden en 2025. Los hurtos bajan un 15,3%. Las sustracciones de vehículos caen un 40,6%. También se reducen los robos con violencia.
Si uno se limita al total anual, la conclusión sería sencilla: la ciudad es ligeramente más segura que el año pasado.
Pero las cifras desagregadas revelan otra realidad.
Los delitos contra la libertad sexual aumentan un 64,5%. Las agresiones sexuales con penetración pasan de 9 a 24 casos en un solo año. También crecen de forma notable las lesiones graves y menos graves.
No son los delitos más numerosos. Pero sí los que generan mayor impacto emocional y social.
En paralelo, la ciberdelincuencia sigue creciendo. Las estafas informáticas aumentan casi un 20%. El delito cambia de forma, pero no desaparece.
La inseguridad también es percepción
La estadística anual no siempre refleja lo que ocurre en semanas concretas o en barrios determinados.
En los últimos meses, por ejemplo, se han repetido episodios de robos en vehículos en zonas como Os Mallos, A Sardiñeira o Novo Mesoiro. Son sucesos puntuales dentro del conjunto anual, pero cuando afectan a un entorno cercano, la sensación de vulnerabilidad aumenta.
La seguridad urbana no se mide solo en tablas oficiales. Se mide en cómo se camina por una calle de noche, en si se deja el coche tranquilo o en si una zona transmite confianza.
En ese contexto cobra sentido la declaración de la alcaldesa Inés Rey:
“Las mujeres necesitamos iluminación en nuestras calles para sentirnos seguras en las ciudades”.
La iluminación pública, el diseño urbano y la ocupación del espacio son factores que influyen directamente en la percepción de seguridad, especialmente en determinadas franjas horarias.
A Coruña y Vigo: cifras similares, sensaciones distintas
La comparación con Vigo introduce otro matiz interesante. La ciudad olívica, con casi 295.000 habitantes, cerró 2025 con 11.509 infracciones penales, un descenso del 6,1%.
A Coruña, con menos población, registró 12.335. La diferencia no es abismal, pero el ritmo de descenso sí es más acusado en Vigo.
Ambas ciudades cuentan con estructuras policiales similares en términos absolutos. En A Coruña operan alrededor de 330 agentes de Policía Local y unos 750 efectivos de Policía Nacional; en Vigo, la cifra de nacionales ronda los 720 y la de locales es comparable.
La seguridad, por tanto, no depende únicamente del número de agentes, sino de la tipología delictiva, la distribución territorial y la prevención.
Entre la estadística y la experiencia cotidiana
En términos estrictamente técnicos, A Coruña no experimenta un aumento generalizado de la criminalidad. La ratio por habitante incluso desciende ligeramente.
Pero cuando determinados delitos crecen con fuerza y algunos barrios acumulan episodios reiterados, la percepción puede cambiar con rapidez.
El debate no es si la ciudad es insegura. El debate es si la seguridad se está transformando y si las políticas públicas —desde la presencia policial hasta la iluminación urbana— están adaptándose a esa nueva realidad.
Porque una ciudad no se mide solo por cuántos delitos registra al año, sino por cómo se sienten quienes la habitan.

