La falta de presupuestos nuevos desde 2023 y un remanente tesorero de 17,7 millones de euros pintan un panorama de parálisis e inactividad en la gestión del gobierno local de Rioboo
El municipio de Culleredo avanza, o más bien permanece, en un estado de letargo administrativo. Por tercer año consecutivo, el Ayuntamiento se ve obligado a funcionar con los presupuestos prorrogados de 2023, una situación anómala que se ha convertido en la crónica de una parálisis anunciada para 2026. Mientras, una noticia aún más preocupante ha salido a la luz: el Ayuntamiento cerró el ejercicio 2024 con un remanente tesorero de 17.761.043,57 euros, una cifra que supera la mitad de su presupuesto anual y que evidencia una alarmante falta de ejecución y gestión.
La imagen es surrealista: un gobierno local que maneja un presupuesto de alrededor de 34 millones de euros, pero que solo es capaz de poner en circulación «algo menos de la mitad». Esta inactividad financiera no es un signo de salud económica, sino el síntoma de una administración que, aparentemente, se limita a lo mínimo indispensable: pagar nóminas, abonar suministros y poco más.
De la prórroga a la parálisis total
El guion se repite. En 2024, el equipo de gobierno de José Ramón Rioboo, en clara minoría, prorrogó los presupuestos de 2023. Ahora, para 2025, ha vuelto a hacer lo mismo. Esto significa que cuando 2026 amanezca, Culleredo lo hará con unas cuentas diseñadas hace tres años, en un contexto social y económico radicalmente distinto. La falta de consenso político se ha traducido en una incapacidad para aprobar unas cuentas nuevas, condenando al municipio a una gestión de mantenimiento, sin capacidad para impulsar proyectos de futuro.
El remanente millonario: la prueba del desgobierno
Si la prórroga perpetua es la primera mala noticia, la existencia de un remanente de 17,7 millones de euros es la confirmación del estancamiento. En la economía familiar, un ahorro así sería un éxito. En la gestión municipal, es un fracaso. Ese dinero, procedente de los impuestos y tasas de los vecinos, no se está invirtiendo en mejorar su calidad de vida. Es un capital muerto, guardado en las arcas municipales mientras las necesidades del pueblo crecen.
Este enorme remanente no indica austeridad, sino incapacidad de gestión. Sugiere que el equipo de Rioboo no tiene la habilidad, el impulso o los acuerdos necesarios para traducir los recursos públicos en obras y servicios. Es la prueba tangible de que Culleredo está desaprovechando oportunidades de progreso.
Culleredo clama por inversión
Mientras el dinero se acumula sin uso, las calles, las infraestructuras, los espacios culturales, las instalaciones deportivas y, lo más grave, los servicios sociales, esperan una partida que nunca llega. Son múltiples las carencias que podrían empezar a solucionarse con una parte de esos 17 millones. Ciudadanos y asociaciones ven con frustración cómo proyectos necesarios y demandados se postergan indefinidamente en un limbo presupuestario.
La pregunta que flota en el aire es inevitable: ¿de qué sirve recaudar impuestos si no se revierten en la comunidad? La parálisis presupuestaria y la acumulación de un superávit tan abultado pintan un panorama desolador para Culleredo: el de un pueblo anclado en el pasado, gobernado por la inercia y la desidia, mientras su potencial de desarrollo se malgasta en una cuenta bancaria. El coste de esta inactividad no se mide en euros, sino en la calidad de vida de sus vecinos y en el futuro que se le niega al municipio.

