Inés Rey no pidió permiso para quitarnos el Mundial. Solo pide paciencia para olvidarlo
La victoria de la roja en el Mundial 2026 no es solo un triunfo deportivo. En un país donde las tensiones políticas parecen haber roto todos los puentes, levantar la copa del mundo se perfila como un milagro de unidad social, un oasis en medio del desierto de la confrontación. Sin embargo, para los vecinos y vecinas de A Coruña y su área de influencia, ese momento de gloria colectiva tendrá un regusto agridulce, la certeza de saber que pudieron ser parte de él y no lo son. La responsable no fue un rival más poderoso, ni un comité técnico adverso; fue su propia alcaldesa, Inés Rey, quien tomó la decisión de retirar la ciudad de la carrera por ser sede.
Fue un camino largo y costoso. La alcaldesa defendió la candidatura coruñesa como un proyecto ilusionante, uno que justificaba el gasto de dinero público en estudios y trabajos. Se compitió con ahínco, se soñó con el césped de Riazor pisado por las estrellas del fútbol mundial, con el impacto económico y la proyección internacional. Era una carrera difícil, pero en política, como en el deporte, las carreras difíciles son las que, a veces, se ganan.

Pero llegó marzo de 2026, y la carrera se detuvo. Inés Rey, la defensora de lo público, la que se había posicionado frente a los grandes poderes, retiró la candidatura. El argumento de un inversor privado que nunca llegó a presentarse en público se desvaneció, dando paso a los rumores más oscuros. Las opciones se sucedieron: unas finanzas municipales peores de lo que se reconocía, la retirada de ese inversor fantasma… pero la especulación que cobró más fuerza fue la más demoledora: que los intereses del Ayuntamiento se habían rendido a los intereses del presidente del Deportivo y de Abanca. La misma alcaldesa que parecía erigirse en dique de contención ante ese poder, se convirtió, para muchos, en su instrumento.

El resultado está a la vista. Vigo, la ciudad olívica, se convirtió en la única sede gallega, dejando a A Coruña en un papel que raya lo ridículo después de la inversión y la ilusión generadas. La roja puede que llegue a jugar en Balaídos, y la afición coruñesa tendrá que desplazarse si quiere ver a su selección o cualquier otra que participe allí. No fue una derrota en el campo de juego, fue una retirada a destiempo, un abandono voluntario en la línea de meta. La oportunidad de ser anfitriones de un evento que promete unir al país en un momento de profunda fractura social, de ser el escenario de ese «milagro» de buena voluntad, se esfumó por una decisión política.
Inés Rey tiene un estilo que ya conocemos. Lo demostró ayer con las obras de los Cantones, y lo demostró en marzo: no pide permiso, ni pide perdón. Solo pide paciencia a los vecinos. Pero la paciencia tiene un límite, y más cuando se dilapida la oportunidad de ser parte de la historia y de la ilusión de todo un país. Todo apunta a que fue una decisión errónea. Una decisión que, a la luz de la victoria de la roja y el éxito del evento, pasará a la historia local como un ejemplo de oportunidad perdida, de una alcaldesa que decidió apartar a su ciudad del escenario del milagro para proteger intereses que nunca quiso explicar.

