03/02/2026

La sanidad española empieza el año con fatiga

Problemas que se arrastran y retos que ya no admiten demora

Enero suele llegar cargado de buenos propósitos, también para los sistemas públicos. Sin embargo, la sanidad española comienza el año con una sensación difícil de ocultar: la de un organismo que sigue funcionando, pero lo hace con fatiga acumulada. No se trata de una crisis repentina ni de un colapso inminente, sino de algo más incómodo y persistente: un desgaste estructural que se ha normalizado.

Durante los últimos años se ha hablado mucho de recuperación, refuerzos puntuales y planes estratégicos. Pero bajo ese discurso optimista permanecen problemas conocidos que no solo no se han resuelto, sino que se han enquistado. Y el riesgo ya no es tanto el titular alarmista como la resignación colectiva.

No se trata de una crisis repentina ni de un colapso inminente, sino de algo más incómodo y persistente: un desgaste progresivo que se ha sistematizado. Más pacientes, perfiles de mayor vulnerabilidad social y necesidades sanitarias complejas confluyen en un sistema que arrastra carencias previas. El resultado no es un fallo espectacular, sino una tensión constante que se manifiesta en consultas saturadas, tiempos de espera prolongados y profesionales exhaustos.

Un sistema que aguanta… a costa de quién

La sanidad pública española sigue ofreciendo buenos resultados en muchos indicadores clásicos: esperanza de vida, cobertura universal, alta capacitación profesional. Pero esos logros se sostienen cada vez más sobre el esfuerzo individual de los profesionales y menos sobre una estructura bien engrasada.

El cansancio no es solo físico. Es organizativo, emocional y moral. Médicos, enfermeras y otros sanitarios trabajan en un sistema que ha ido incorporando nuevas demandas —envejecimiento, cronicidad, salud mental, burocracia— sin rediseñar de verdad su funcionamiento. El resultado es un modelo que aguanta, pero al límite.

Listas de espera: el síntoma más visible

Las listas de espera siguen siendo el termómetro más evidente del problema. Aunque se realicen más intervenciones o se anuncien planes de choque periódicos, el fondo de la cuestión permanece intacto: la demanda crece más rápido que la capacidad de respuesta.

El debate suele centrarse en cifras concretas —meses, días, porcentajes—, pero rara vez se aborda la pregunta clave: ¿está el sistema organizado para absorber de forma sostenida el volumen de pacientes que genera una población cada vez más envejecida y con más patologías crónicas? La respuesta, a la vista de los datos y de la experiencia cotidiana, parece clara.

Atención primaria: la pieza que nunca termina de encajar

Si hay un ámbito donde el agotamiento resulta más evidente es la atención primaria. Llamada una y otra vez a ser “el eje del sistema”, sigue funcionando con agendas desbordadas, escaso tiempo por paciente y dificultades para atraer y retener profesionales.

El problema no es solo de financiación, sino de modelo. Se le exige a la primaria que prevenga, coordine, atienda la cronicidad, gestione la salud mental leve y filtre el acceso al hospital, y todo ello con consultas de pocos minutos y una carga administrativa creciente. Más que reforzarla, se la ha sobrecargado.

Profesionales: vocación frente a realidad

La falta de profesionales ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente. No tanto porque no se formen médicos o enfermeras, sino porque las condiciones laborales, la temporalidad, la presión asistencial y la dificultad para conciliar empujan a muchos a buscar otras salidas.

El relevo generacional se complica y el sistema parece confiar en una vocación inagotable que, sencillamente, no lo es. El riesgo no es solo la fuga de talento, sino la pérdida progresiva de calidad asistencial y de humanidad en la atención.

Salud mental y cronicidad: los grandes desafíos silenciosos

Dos áreas concentran buena parte de las tensiones actuales: la salud mental y la atención a pacientes crónicos. Ambas requieren tiempo, continuidad y equipos multidisciplinares, justo lo que más escasea.

El aumento de la demanda en salud mental ha desbordado consultas y dispositivos, mientras que la cronicidad sigue siendo abordada con esquemas pensados para episodios agudos. El sistema responde, pero lo hace tarde y de forma fragmentada.

¿Qué retos ya no pueden esperar?

Más allá de los anuncios y los planes, hay retos que no admiten más demora:

  • Rediseñar la atención primaria, no solo reforzarla.
  • Repensar la organización del trabajo sanitario, devolviendo tiempo clínico y reduciendo burocracia.
  • Planificar a largo plazo los recursos humanos, con condiciones laborales sostenibles.
  • Adaptar el sistema a la cronicidad y al envejecimiento, no como excepción, sino como norma.
  • Pasar del discurso a la evaluación real de las políticas sanitarias, midiendo resultados y no solo inversiones.

Empezar el año mirando de frente

La sanidad española no necesita grandes gestos ni promesas grandilocuentes para empezar el año. Necesita realismo, planificación y una conversación honesta sobre lo que puede y no puede hacer si no se introducen cambios profundos.

Reconocer el cansancio del sistema no es derrotismo. Es, quizá, el primer paso para cuidarlo de verdad. Porque una sanidad puede aguantar mucho tiempo cansada, pero cuando el cansancio se convierte en costumbre, lo que está en juego ya no es la eficiencia del sistema, sino su alma.

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