La reunión de la alcaldesa con los vecinos de Labañou concluye con un único cambio cosmético: el pavimento, pero no el fondo del asunto
El encuentro entre la regidora municipal y la asociación de vecinos de Labañou ha dejado más sombras que luces. Tras el diálogo, la única modificación aceptada al proyecto de reforma de la zona ha sido la sustitución del firme inicialmente previsto. El polémico pavicesped, que generaba recelo entre los residentes por su utilidad, será retirado de los planos. Sin embargo, el resto de las demandas vecinales han caído en saco roto.
La rampa-muro que se construirá para los accesos a los portales se mantiene intacta, a pesar de las quejas por su impacto estético y funcional. Y, lo que es más grave para el día a día de los residentes, la petición de no eliminar plazas de aparcamiento en el entorno ha sido directamente desestimada. Los vecinos salieron de la reunión con la sensación de que el proyecto ya estaba escrito y que su participación se limitó a cambiar el color de la letra, pero no el contenido del texto.

El guion estaba escrito: el proyecto no se toca, solo se maquilla
Analizando el desarrollo de la reunión, todo apunta a que el equipo de gobierno acudió con un guion prefijado. El proyecto de obra, ya consolidado en sus líneas maestras, no estaba abierto a una reconfiguración sustancial. La única concesión (el cambio de firme) es una modificación técnica menor que no altera el espíritu de la intervención, pero que permite a la administración vender una imagen de apertura y diálogo. Sin embargo, en el fondo, ninguna de las necesidades reales del barrio fue atendida.
Se repite así el fantasma del «todo para el pueblo, pero sin el pueblo», aquella máxima del despotismo ilustrado que ahora resuena con fuerza en las calles de Labañou. Porque una cosa es escuchar las intervenciones de los ciudadanos y otra muy distinta es oír sus demandas y transformarlas en acciones.
El problema del aparcamiento: un mal de muchos que no es consuelo de tontos
Los residentes de Labañou no están solos en su lucha. El déficit de estacionamiento es un mal endémico que se extiende por toda la ciudad. Basta con dar un paseo por barrios como el Agra del Orzan, Os Mallos, Os Castros, la Sagrada Familia, Monte Alto o Castrillón para comprobar que la falta de espacio para los vehículos es un problema estructural que afecta a toda A Coruña.
Pero decir que el problema es generalizado no es una solución, sino una excusa. Que muchos sufran el mismo problema no lo hace menos grave, ni mucho menos justifica la inacción. Al contrario, debería ser un acicate para buscar soluciones globales y no parches locales que, además, agravan la situación en puntos concretos.
La movilidad en A Coruña: un problema de modelo de ciudad
No se puede abordar el aparcamiento sin hablar de movilidad, y no se puede hablar de movilidad sin recordar que A Coruña es la ciudad gallega que registra un mayor número de vehículos entrando y saliendo a diario por motivos laborales. Esta no es una ciudad industrial, sino de servicios. La falta de un tejido productivo fuerte en el propio municipio obliga a miles de trabajadores a desplazarse diariamente desde y hacia el área metropolitana, y la mayoría lo hace en coche.
Eliminar plazas de aparcamiento sin ofrecer alternativas reales de transporte público eficiente, o sin un plan de aparcamientos disuasorios en la periferia, no es una solución, es un castigo. Es agravar el problema de quienes no tienen otra opción que utilizar el vehículo privado para llegar a su puesto de trabajo.
La participación ciudadana se queda en un brindis al sol
La reunión de Labañou ha dejado una conclusión amarga: la participación ciudadana sigue siendo, en muchos casos, un ejercicio de estilo. Se convoca a los vecinos, se toman notas, se hacen fotos, pero al final se impone la razón técnica (o la económica) por encima de la necesidad social. El cambio de un firme no puede ser el único fruto de un encuentro que debía servir para construir barrio.
Si A Coruña quiere ser una ciudad habitable, debe empezar por tratar los problemas de movilidad con seriedad, valentía y, sobre todo, escuchando de verdad a quienes la sufren cada día. Porque el consuelo de que «el mal sea de muchos» no es más que una forma elegante de mirar hacia otro lado. Y los vecinos de Labañou, y los de toda la ciudad, ya no están dispuestos a ser oídos, sino a ser escuchados.

