28/07/2026

Los bancos que viajan sin billete

Hay ciudades que tienen monumentos, otras que tienen arte, y luego está A Coruña, que tiene bancos de paso. Sí, esos objetos urbanos que, como los gatos callejeros, aparecen un día en una acera y nadie sabe muy bien de dónde vienen ni adónde van, pero que, a diferencia de los felinos, no cazan ratones ni despiertan ternura. Hablo, cómo no, de los ilustres bancos abandonados de la avenida do Porto, justo donde la Fundación Marta Ortega nos invita a admirar exposiciones de primer nivel mientras, a escasos metros, el mobiliario público representa una obra de arte involuntaria titulada «El desgobierno municipal».

El misterio de los bancos nómadas

Uno podría pensar, con cierta ingenuidad digna de mejor causa, que esos bancos fueron colocados ahí como parte de un plan urbanístico innovador. Quizá algún gurú del diseño urbano decidió que la mejor manera de integrar el mobiliario con el entorno era crear una instalación performática: bancos con una pata alta, otra baja, tornillos oxidados sobresaliendo como espinas de un erizo metálico. Pero no, queridos lectores, la realidad es más prosaica y, a la vez, más absurda.

Los bancos llevan ahí meses, aunque los vecinos más veteranos del lugar, esos que ya forman parte del paisaje como las farolas o las palomas, aseguran que superan el año. Un año. Como para que uno se siente (nunca mejor dicho) a reflexionar sobre la eficiencia de nuestros servicios municipales. Porque si algo caracteriza a estos bancos es su incapacidad para cumplir su función primigenia: que alguien se siente en ellos sin riesgo de sufrir una lesión lumbar o un encontronazo con un tornillo traidor.

El síndrome de la pata coja

Observen la fotografía, si tienen la oportunidad. Verán que algunos de estos bancos mantienen aún los tornillos de su anclaje original, como si fueran muletas que les recordaran su antigua vida en algún lugar donde sí importaban. Otros, en cambio, lucen sus patas desnudas, como esos pobres animales a los que se les ha caído el pelo. El conjunto ofrece una imagen de abandono que haría llorar a un urbanista y reír a un crítico municipal.

Porque, seamos sinceros, ¿qué mensaje envía una ciudad que deja sus bancos tirados como si fueran colillas gigantes? Que el mobiliario urbano es desechable. Que da igual si los anclas o no. Que el inventario municipal es una sugerencia, no una obligación. Y que, total, para lo que se usan los bancos en esta ciudad —que no es para mucho, dado el clima y la afición local por el café en terrazas— pues casi que da igual.

El control de inventario municipal o la oda a la desmemoria

Pero vayamos al meollo. Más allá del ridículo estético, estos bancos son la prueba fehaciente de que el control de inventario municipal funciona más por fe que por método. Porque, díganme, ¿cómo es posible que nadie sepa que hay bancos huérfanos ocupando espacio público? ¿No hay un señor con una tabla y un bolígrafo que vaya anotando «banco 1, banco 2, banco 3… Ah, el banco 47, ¿dónde está? Ah, sí, en la avenida do Porto, con los tornillos al aire, haciendo compañía a los turistas que van al museo»?

La respuesta, me temo, es que no. O que ese señor existe, pero sus anotaciones se pierden en el cajón de un despacho donde también se pierden las facturas, los planes de movilidad y la esperanza de un urbanismo coherente. Porque, no nos engañemos, esto no es un caso aislado. El abandono de aceras y mobiliario público en nuestra ciudad es casi una tradición, un deporte local que practicamos con esmero. Pero siempre nos quedaba el consuelo de que, al menos, en el centro, la cosa se cuidaba. Hasta ahora.

El centro también se abandona

Ahí está la gracia (o la tragedia, según se mire). Estos bancos no están en un polígono industrial perdido ni en un barrio periférico olvidado por los dioses y los concejales. No, señores. Están en la avenida do Porto, cerca de la entrada hacia la Fundación Marta Ortega. Es decir, en pleno centro, a tiro de piedra de donde se exponen obras que cuestan millones y donde acuden visitantes de medio mundo.

Imaginen la escena: un turista japonés, después de admirar una exposición de primer nivel, sale a la calle y se encuentra con un banco inclinado, con tornillos oxidados, que parece decirle «siéntate si te atreves». ¿Qué pensará? Quizá que es parte de la exposición. Una crítica social al capitalismo, al abandono institucional o a la falta de financiación para el mantenimiento de lo público mientras lo privado brilla. Y en parte, no le faltaría razón, aunque sea involuntaria.

Propuestas para salir del absurdo

Porque esto, queridos lectores, es un síntoma. De la misma manera que una casa desordenada habla de quien la habita, unos bancos abandonados hablan de sus gestores. Y el mensaje es claro: «no importa, total, quién se va a fijar». Pero nos fijamos. Porque caminamos, porque vivimos, porque pagamos impuestos y porque, aunque parezca mentira, a algunos nos importa si nuestra ciudad parece un decorado de una película de zombis urbanísticos.

Así que, señores del Ayuntamiento, si están leyendo esto (qué ilusos somos, ¿verdad?), varias opciones se ofrecen:

  1. Anclarlos. Si es que van a quedarse ahí, pues anclenlos. No es tan difícil. Un taladro, cuatro tacos, y a otra cosa. Pero háganlo bien, que no se caigan. Ya puestos, que queden rectos, que no parezca que han bebido.
  2. Recogerlos. Si no es su sitio, si se pusieron ahí «por comodidad» (como quien deja la compra en la cocina y se olvida de guardarla), pues recójanlos. Llévenlos a su sitio. O a la basura. Pero que no estén ahí, haciendo el ridículo y dando mala imagen.
  3. Hacer un concurso de arte urbano. Y si total, van a estar ahí, que al menos sirvan para algo. Un artista local que los pinte, que los convierta en una instalación. Pero que se sepa. Que sea intencionado. Que no parezca un descuido, porque eso es lo que es y es feo.
  4. Hacer una ruta turística del abandono. Ya puestos, sacar partido. «Visite los bancos abandonados de A Coruña, el mobiliario nómada, las farolas que se mecen, las papeleras sin fondo». Sería un éxito en redes sociales, seguro.

El banco como espejo

Al final, los bancos abandonados de la avenida do Porto son más que mobiliario urbano. Son un espejo. Nos devuelven la imagen de una ciudad que a veces se olvida de sí misma, que confía en que nadie mire hacia abajo, que las cosas se arreglan solas. Y no, no se arreglan. Se oxidan, se inclinan, se convierten en un peligro para los transeúntes y, sobre todo, se convierten en el chiste fácil de quienes amamos esta ciudad y queremos que esté a la altura de sus museos, su cultura y su gente.

Porque si la Fundación Marta Ortega invierte en arte, cultura y en dar visibilidad a nuestra ciudad, parece de sentido común que el Ayuntamiento invierta, aunque sea un poco, en que los bancos no parezcan decorado de una obra de Beckett. Ya puestos, que el arte esté en los museos, no en la acera con forma de tornillo oxidado.

Mientras tanto, los bancos seguirán ahí, pacientes, inclinados, esperando. Como nosotros, los ciudadanos, esperando que alguien, algún día, decida sentarse a resolver el problema. O, al menos, a quitar esos bancos de en medio. Que de sentarnos ya nos encargamos nosotros, pero preferimos hacerlo en un sitio donde los tornillos no sean un riesgo laboral.