Centenares de personas se manifestaron este sábado para plantar cara a un plan urbanístico que califican de especulativo, mientras la alcaldesa acumula contradicciones y el BNG mira de reojo las elecciones
El Agra del Orzán, el barrio con la mayor densidad de población de la ciudad, volvió a recordarle este sábado a Inés Rey que aquí no gobierna con un cheque en blanco. “No somos idiotas”, parecía corearse entre líneas en cada paso de una manifestación que reunió a centenares de vecinos, convocados por la Asociación Veciñal Agra, para decir no al pelotazo urbanístico que se cierne sobre el único espacio que les queda a los vecinos para tener un pulmón vivo.
La marcha, que partió de la calle Barcelona y recorrió las arterias del barrio hasta el nuevo espacio del Observatorio, tuvo algo que escasea en muchas protestas actuales: argumentos. Y no estaban solos. El artista Xurxo Souto, las gaitas, las panderetas y una indignación razonada acompañaron a unos vecinos que llevan meses viendo cómo el gobierno local juega con sus expectativas como quien negocia en una sala cerrada.

El parque que no es Central Park… ni lo será
La alcaldesa Inés Rey declaró hace semanas, con esa coletilla que ahora le estalla en la cara, que ella “no es idiota” y que sabía que el parque del Observatorio, con aceras levantadas y sin mobiliario, no era el Central Park de Nueva York. Una ocurrencia que quiso ser autocrítica y que acabó sonando a menosprecio: como si los vecinos exigieran un sueño imposible cuando lo que piden es simplemente dignidad.
Pero el ridículo no quedó ahí. Días después se supo que la mitad de ese espacio —ese flamante parque inaugurado como una gran conquista— está proyectado para ser hormigón. Las aceras levantadas no eran un accidente: eran el anticipo de otro modelo de ciudad. El mismo que ahora pretende multiplicar por cuatro la edificabilidad de una parcela en un barrio ya asfixiado por los bloques.
El pelotazo que Rey quiso disfrazar de cesión
La gota que colmó el vaso fue el anuncio de un “pelotazo urbanístico” vinculado a un convenio firmado por el teniente de alcaldesa Lage Tuñas y un promotor privado, cuyo contenido se mantiene en una opacidad que ya es tradición en este gobierno. Inés Rey intentó vender la operación como una cesión de 3.000 metros cuadrados para zonas verdes. Lo que no contó, porque no le interesaba, es que lo que realmente hace ese acuerdo es separar una parcela y asignarle una edificabilidad descomunal: cuatro veces más de lo aceptado en principio por el promtor. En el barrio más denso de la ciudad. Ahí es nada.
Los vecinos, que no nacieron ayer, han entendido perfectamente la jugada. Por eso el sábado no fue una protesta más, sino una lección práctica de política de barrio: aquí no se negocia con espejismos, ni con frases hechas, ni con parques sin bancos.
El papelón del BNG, el socio incómodo
El terremoto vecinal alcanza ahora al otro lado de la mesa. El BNG, que había pedido en la comisión informativa retirarr este asunto del orden del día, sabiendo que su voto es imprescindible, se encuentra ahora en una encrucijada que ningunea sus discursos históricos. Llevan años defendiendo la participación vecinal, el freno a la especulación y el derecho al verde. Y ahora, a un año de las elecciones, tienen que decidir si siguen atados a un acuerdo de gobierno con el PSOE que les exige tragar con dogmas de hormigón.
Las presiones desde el PSOE hacia los nacionalistas deben de ser de mucho calibre. Pero la realidad es tozuda: votar a favor del pelotazo en el Agra del Orzán es dinamitar su propia credibilidad. Y votar en contra, romper la disciplina de un gobierno que hasta ahora se había sostenido sobre amables palabras. No es una decisión fácil. Pero gobernar tampoco lo es.
Rey, entre la palabra y las paredes de hormigón
Inés Rey dijo en el último pleno municipal, cuando retiró el asunto del orden del día, que volvería a traerlo en mayo tras negociar con los vecinos. Queda poco más de una semana para el próximo pleno ordinario. Y hasta donde se sabe, las conversaciones con los vecinos han brillado por su ausencia.
Cambiar el proyecto a estas alturas es imposible. Llevarlo al pleno sin negociar es una provocación. O lo incumple por un lado, o lo incumple por el otro. Quizá por eso los vecinos del Agra del Orzán le recordaron el sábado, con gaitas y sin violencia, que ellos “no son idiotas”. Y que, cuando se gobierna para unos pocos, la calle siempre acaba pasando factura.

