El club silencia a sus jugadores en sala de prensa, amenaza con denuncias a la grada y exhibe una desconfianza insultante hacia sus propios futbolistas, mientras la fiesta del regreso a Primera se convierte en un bochornoso pulso entre directiva y afición
El fútbol, ese deporte que se alimenta de la pasión de las gradas, ha encontrado en A Coruña un escenario donde la tensión no se juega en el césped, sino en las salas de prensa y los comunicados oficiales. El regreso del Deportivo a Primera División, después de ocho años de ausencia, debía ser una fiesta. Sin embargo, la gestión de la directiva ha convertido el esperado reencuentro con la élite en un culebrón donde la censura y la desconfianza hacia los propios jugadores son los protagonistas.
El pasado 17 de agosto, en el partido inaugural ante el Elche, la rueda de prensa posterior al encuentro dejó una imagen bochornosa: un jugador, cuyo turno era comparecer, no pudo responder a una pregunta sobre el enfrentamiento con la grada de Marathón. No fue un hecho aislado. En zona mixta, el jefe de prensa del club cortó a un periodista que inquiría a Ximo Navarro sobre el ambiente en las gradas con un lacónico y autoritario: «Esa pregunta no es procedente». La misma escena se repitió con Antonio Hidalgo en sala de prensa. ¿Acaso los futbolistas del Deportivo son marionetas sin criterio, incapaces de sortear una pregunta incómoda con la diplomacia que cualquier profesional maneja?
La reacción de las asociaciones de periodistas deportivos de Galicia no se hizo esperar, denunciando públicamente este veto informativo. Pero lo que realmente subyace bajo esta censura es una realidad más profunda y preocupante: la directiva no confía en sus jugadores. Porque si confiara en ellos, no necesitaría cortar preguntas ni silenciar respuestas. Un futbolista con experiencia sabe cómo responder sin generar polémica, cómo ser políticamente correcto sin traicionar su opinión. La intervención directa del club en las comparecencias públicas no es más que un acto de desconfianza, una declaración tácita de que los considera incapaces de manejar la presión mediática.
Y mientras tanto, la afición, esa que ha sostenido al equipo en sus años más oscuros, observa con indignación cómo el club les aplica normas excepcionales —como controles de identidad aleatorios y renovaciones presenciales— bajo la excusa de exigencias de LaLiga y sanciones económicas. Medidas que configuran una «presunción de culpabilidad por ubicación». ¿Qué mensaje envía esto a los miles de abonados de Marathón Inferior, que han animado en las buenas y en las malas?
La respuesta de la afición fue contundente: silencio en las gradas, camisetas naranjas y una protesta organizada entre los minutos 40 y 45 del partido. Un ambiente que debía ser festivo se tornó frío, como relataron los medios presentes. La directiva, lejos de tender puentes, contraatacó con un comunicado en el que amenazaba con denunciar «el acoso y las presiones» que sufren los jugadores por parte de algunos aficionados. Según el club, durante el calentamiento y a la salida del estadio, los futbolistas fueron objeto de insultos y se les instó a posicionarse a favor de las reivindicaciones de la grada.
Pero, permítanme una reflexión: ¿es esa una medida oportuna o más bien un intento de desviar la atención? Cualquier persona que haya pisado un campo de fútbol sabe que los insultos y las presiones forman parte del ambiente, por desagradables que sean. Sin embargo, el club ha decidido magnificar esta situación para justificar su postura, mientras que, por otro lado, ejerce una censura férrea sobre sus propios empleados. Es decir, acusan a la afición de presionar a los jugadores, pero son ellos, la directiva, quienes les niegan la libertad de expresarse. ¿Quién presiona realmente a quién?
El director deportivo, Fernando Soriano, reconoció «con tristeza» la escisión interna y apeló a recuperar «la unión que nos ha llevado a luchar por los objetivos». Pero es difícil creer en sus palabras cuando la patronal del club, en lugar de buscar el entendimiento, se parapeta en comunicados y vetos. La censura en las ruedas de prensa no es un simple desacuerdo sobre normas de acceso; es la evidencia de una crisis de confianza que amenaza con fracturar al Deportivo en dos bandos irreconciliables.
Llamémoslo por su nombre: el club no confía en sus jugadores. Si lo hiciera, no necesitaría silenciarlos. Si confiara en ellos, permitiría que respondieran con naturalidad, confiando en su criterio y profesionalidad. Pero al cortar preguntas y vetar respuestas, la directiva no solo censura a la prensa, sino que también desprotege a sus futbolistas, dejándolos expuestos a una presión innecesaria.
El Deportivo vuelve a Primera tras ocho años de travesía, con la ilusión de toda una ciudad. Pero en lugar de remar todos en la misma dirección, la directiva parece empeñada en cavar una brecha que, si no se cierra a tiempo, podría convertirse en un abismo. La fiesta del regreso se ha convertido en un pulso absurdo donde los perdedores son los jugadores, la afición y, en última instancia, el propio club.
Es hora de que la directiva reflexione. Dejen hablar a sus jugadores. Confíen en ellos. Porque un equipo que silencia a los suyos no es un equipo, es una jaula. Y el fútbol, señores, es libertad.

